viernes, 15 de enero de 2016

La salvación por la publicidad.

La publicidad recuerda a aquellos charlatanes que veíamos en las pelis del Far West vendiendo a gente provinciana en la plaza del pueblo un elixir que te cura de todos los males, normalmente compinchado con un socio en el público que lo prueba y se cura milagrosamente de una enfermedad escandalosa, ante la admiración general.

El caso es que no te venden la probada cualidad de un producto, sino la salvación a través del ficticio estilo de vida que le asocian y nuestra felicidad de poder entrar en él si lo compramos. La publicidad parte del principio de que somos desgraciados, lo cual es cierto, y saca provecho de nuestra necesidad de ser felices.

A decir verdad, no me extrañaría que los mismos creativos que diseñan la estrategia de venta de cualquier producto de supermercado, estuviesen también detrás de la imagen de nuestros líderes políticos en tiempo de campaña electoral. Es evidente que los partidos políticos explotan la misma idea de diferenciaciación que te quieren vender por ejemplo los fabricantes de coches: así se hace uno la ilusión que de que no es como los demás.

Lo que se vende por consiguiente es una idea. El truco está en hacerla conectar con la psicología del público tratando de entender y satisfacer sus necesidades y la infelicidad básica que hay detrás. A tal fin van probando y experimentando con todo, a veces incluso de manera absurda, y así salen anuncios que no tienen ni pies ni cabeza junto a otros que indudablemente consiguen su efecto.

Pero está claro que el invento es rentable y así se sigue explotando. Aunque todos sepamos en el fondo que en este mundo nadie ni nada se salva.

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