lunes, 17 de abril de 2017

Retrato de Larra.

Mariano José de Larra pasó por esta vida rápidamente y a pesar de la brevedad de su existencia su brillo nos sigue alcanzando 180 años después. Hay más vida, ideas y actualidad en las páginas que escribió, que en los diarios y las cosas que uno tiene que leer hoy en día en este país y en muchos otros. Larra sigue presente como un problema todavía por resolver cada vez que uno lee uno de sus artículos.

Empezaremos por su firma. La siguientes pertenecen a su correspondencia personal: las escribe de distinta manera con abreviaturas diferentes, y el arabesco inferior nunca es igual. Vemos espacios entre las distintas partes que no son constantes: a veces “Mariano” va pegado a “José” y a veces no; "José" a veces es "Jé." y otras no; el “de” a veces queda solo o se pega al apellido, que por lo general se aleja del nombre hacia la derecha quedándose más o menos solo, evocando un cierto desapego y también como afirmación de una independencia próxima la soledad y el aislamiento.


Resulta interesante compararlas con la firma abajo ilegible sin nombre ni apellido, sólo con el arabesco, en una carta a sus padres siempre con afecto y respeto, aunque cueste imaginarlo de esa manera; y a su mujer, las 2 de encima: MJ de L en una nota apresurada y en la segunda a la derecha más formal después de "tu amigo": 


Además de los conocidos pseudónimos con los que firmaba sus artículos, "Fígaro" o "Andrés ni por ésas" entre otros:


El sello seco con las iniciales M.L. y una muestra en el papel.



Alguien que firma de tantas maneras, incluso con distintos nombres, y que se emplea en tantos géneros literarios, diversificándose de tal manera en su vida social y sus actividades políticas, y que se divide entre varias mujeres, es varias personas a la vez con distintas voces, con frecuencia contradictorias. El ímpetu de su juventud y su inquietud natural se combinan en su personalidad con su vida complicada desde una infancia itinerante. Su padre, partidario de José Bonaparte, tuvo que emigrar con su hijo de 4 años a Francia en 1813; allí Mariano José olvida su castellano nativo en favor del francés;  y después de la amnistía de Fernando VII vuelve a España 5 años después para aprender de nuevo el castellano, como un extranjero en su propia tierra reiniciando por segunda vez su infancia.

Querer clasificar literariamente a un escritor tan único y personal como Larra es como buscar una norma a una excepción. Su prosa tiene el aspecto del Barroco español, contiene un cierto ideario de la Ilustración francesa y conecta de alguna manera ya con el Romanticismo que pronto iba a repartir desesperación por toda Europa. Fue precisamente en sus artículos llamados de costumbres donde encontró su mejor forma de expresión: mezclaba en unas pocas páginas la política, las costumbres, las reflexiones sobre el ser humano, sus digresiones narrativas, los juegos de palabras, su sensibilidad poética, su indisoluble relación con la ciudad de Madrid, el teatro y la crítica, la censura y la torpeza de la burocracia, las anécdotas, su facilidad para la retórica, una literatura a medio camino del periodismo, su sentido del humor combinado con su pesimismo, hablando de sí mismo cuando hacía ver que hablaba de los demás y constituyéndose como narrador en el centro de gravedad de todo ese jaleo creativo: el Larra del que hablamos fue también una creación suya.


Sin embargo el éxito y reconocimiento que alcanzó enseguida en Madrid como escritor iba más allá de sus cualidades literarias y se convirtió en un fenómeno social: la gente esperaba sus artículos, que se pagaban muy bien, para disfrutar del ingenio de su malicia y asistir a su particular confrontación, cada vez más directa y que tanto le desgastó, con la sociedad y sus costumbres.

"El castellano viejo", de 1832:


"Vuelva usted mañana", de 1833:


"El mundo todo es máscaras; todo el año es Carnaval", de 1833.


"Ventajas de las cosas a medio hacer", de 1834:


"La vida de Madrid", de 1834:


En los siguientes apuntes de “Panorama Matritense” vemos cómo establecía un esquema inicial que después llenaba de vida con lo que veía, pensaba y experimentaba. Seguramente luego los dejaba a un lado para que fermentaran por sí mismos:

“Travesura, enredo cómico... El coste de la vida. Variaciones de la sociedad. (Ilegible) los países. Importancia de la clase media, carácter que imprime a cada pueblo. Obras críticas y morales -escritores de costumbres- fin de la sátira e inutilidad de la alegoría. Calidades necesarias -objeto del curioso- ojeada sobre sus artículos mejores. La clase media y el fin de la sátira. “

En la página de atrás siguen unas cuentas que no cuadran, o que se quedaron a medias mientras se puso a pensar ya en otra cosa:


Después del escándalo que causó en la sociedad madrileña de 1834 su infidelidad con una mujer casada, el fracaso en su vida privada, su inevitable disconformidad con lo que veía a su alrededor y un ambiente que se le volvió opresivo, Larra parte en la primavera del año siguiente en un viaje que le llevará primero hacia Badajoz, donde va a saludar a su amante que se había apartado de él; y de allí a Portugal, Inglaterra, Bélgica y finalmente París. En los siete meses que pasa en esa ciudad se da cuenta de que no es su sitio y de que no puede escribir bien en francés: extraña su vida de antes y vuelve en cuanto puede a Madrid para reanudar con ganas renovadas su carrera literaria. Pero las cosas no han cambiado y tampoco puede dejar de ser el que es: ya no critica sólo lo que no cree, sino también cada vez más lo que cree enfrentándose a sí mismo, ante el irónico aplauso de público. Sigue creciendo deprisa en una dirección que le hace desencajar cada vez más, y comprende en su soledad que ningún viaje podrá alejarle ya de todo eso, hasta terminar despreciando en un mal momento del anochecer del lunes 13 de febrero de 1837 su éxito literario, sus aventuras políticas, sus líos amorosos, las condiciones de la vida en general y sobre todo a sí mismo con un pistoletazo final delante del espejo a punto de cumplir los 28. 

Su muerte generó toda clase de comentarios y habladurías, y desde entonces se ha venido interpretado desde distintos ángulos: personalmente no creo que Larra se suicidara porque una mujer no le hiciese caso; ni porque su matrimonio fuese un fracaso; ni porque perdiera el acta de diputado en una aventura política movido más por la curiosidad que por el convencimiento de un sincero ideal; ni se mató por España ni España lo mató, ni tampoco hubo un martirio; ni fue tampoco un desesperado gesto de estética romántica para la posteridad.


Su suicidio no se diferencia de cualquier otro suicidio salvo por los detalles personales. Lo realmente chocante es que a los veintitantos años pudiese escribir una literatura tan deslumbrante. Y también que lo hiciese en una ciudad de provincias como era el Madrid de entonces. Resulta curioso que nadie conozca a Larra fuera de España, quizás resulte difícil traducir la frescura y naturalidad de su estilo a la vez intelectual en un género que ningún otro escritor europeo supo desarrollar como él. De haber sido francés tendría renombre mundial; pero se trataba de un afrancesado español en un país de paletos con una Historia que desde entonces parece moverse en una perpetua decepción. Algo de todo eso hay en Larra.

En el manuscrito de “Modos de vivir que no dan de vivir” de 1835 vemos que los tachones recortan y simplifican. No son grandes modificaciones porque mentalmente el texto venía ya trabajado y utilizaba como hemos visto apuntes previos. A veces las líneas tienden un poco a ir hacia abajo, y como siempre tenía prisa: la letra en los manuscritos de sus artículos es más fluida y parece que vuele, menos inclinada hacia la derecha que en su correspondencia personal. 


Otro manuscrito de un artículo espléndido de 1835, “El álbum”:


Su calidad literaria es cada vez mayor: artículos como “La diligencia”, "El duelo", “Un reo de muerte”, "Los calaveras", "La sociedad", o "Los barateros,  se suceden hasta culminar en los dos que lo anuncian ya como un hombre póstumo en vida:  “El día de difuntos de 1836” y “La nochebuena de 1836”.



El retrato que le hizo José Gutiérrez de la Vega se fecha en torno de 1835, a los 26 años o así: aspecto cuidado y bien vestido, incluso un tanto presumido; mostrando una sortija en su mano inquieta; mirada inteligente y a la vez amarga, parece cansado y con ojeras, y al mismo tiempo asoma la sombra de una sonrisa en sus labios; y un fondo marrón un tanto opresivo: la figura queda aislada y abstraída de su entorno, como fuera de lugar.


Es posible que Madrazo lo dibujara en 1837, poco antes de su suicidio: tiene afeitada la barba, conserva el mismo peinado y se nos muestra aún más elegante. Ya no mira al espectador, e incluso da la sensación de que no lo quiera ver.


El Museo Nacional del Romanticismo de Madrid conserva la camisa que llevó su postrer día, la podemos ver a la izquierda. Al derecha un chaleco bordado, una levita de fino paño azul y unos tirantes blancos también de él. De alguna manera esa ropa vacía realza la ausencia de uno que se fue antes de tiempo.


Su baraja de naipes. Su última partida la dejó a medias, desentendiéndose del juego que iba a continuar sin él, y que todavía continúa.



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