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domingo, 27 de agosto de 2017

Carrer de Perot lo lladre.

Se trata de una de las calles más cortas y estrechas del centro de Barcelona. Actualmente tiene forma de L: por un lado vamos a parar al carrer del Pi, y por el otro a Puertaferrisa. Sin embargo, en guías antiguas de la ciudad se indica que la calle daba por un lado a Puertaferrisa, pero por el otro a un callejón estrecho llamado Figuereta, que empezaba en la calle del Pi. De manera que con el tiempo Figuereta desapareció y llamaron a la L entera carrer de Perot lo lladre.

Para la visita a esta callejuela empezaremos citando la llegada de don Quijote y Sancho a los alrededores de Barcelona, deteniéndose en el camino ya de noche para descansar:

“Levantóse Sancho y desvióse de aquel lugar un buen espacio; y yendo a arrimarse a otro árbol, sintió que le tocaban en la cabeza y, alzando las manos, topó con dos pies de persona, con zapatos y calzas. Tembló de miedo, acudió a otro árbol, y sucedióle lo mesmo. Dio voces llamando a don Quijote que le favoreciese. Hízolo así don Quijote, y preguntándole qué le había sucedido y de qué tenía miedo, le respondió Sancho que todos aquellos árboles estaban llenos de pies y de piernas humanas. Tentólos don Quijote y cayó luego en la cuenta de lo que podía ser, y díjole a Sancho:

- No tienes de qué tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no vees sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos árboles están ahorcados, que por aquí los suele ahorcar la justicia, cuando los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a entender que debo de estar cerca de Barcelona.

Y así era la verdad como él lo había imaginado.

Al partir, alzaron los ojos y vieron los racimos de aquellos árboles, que eran cuerpos de bandoleros. Ya en esto amanecía, y si los muertos los habían espantado, no menos los atribularon más de cuarenta bandoleros vivos que de improviso les rodearon, diciéndoles en lengua catalana que estuviesen quedos y se detuviesen, hasta que llegase su capitán.

Hallóse don Quijote a pie, su caballo sin freno, su lanza arrimada a un árbol, y finalmente sin defensa alguna, y, así, tuvo por bien de cruzar las manos e inclinar la cabeza, guardándose para mejor sazón y coyuntura.”

El capitán resulta ser Roque Guinart, el retrato literario que hace Cervantes de Perot Roca Guinarda, el famoso bandolero catalán.

Merece la pena citar el siguiente párrafo:

“Tres días y tres noches estuvo don Quijote con Roque, y si estuviera trecientos años, no le faltara qué mirar y admirar en el modo de su vida: aquí amanecían, acullá comían; unas veces huían, sin saber de quién, y otras esperaban, sin saber a quién; dormían en pie, interrompiendo el sueño, mudándose de un lugar a otro. Todo era poner espías, escuchar centinelas, soplar las cuerdas de los arcabuces, aunque traían pocos, porque todos se servían de pedreñales. Roque pasaba las noches apartado de los suyos, en partes y lugares donde ellos no pudiesen saber dónde estaba, porque los muchos bandos que el visorrey de Barcelona había echado sobre su vida le traían inquieto y temeroso, y no se osaba fiar de ninguno, temiendo que los mismos suyos o le habían de matar o entregar a la justicia. Vida, por cierto, miserable y enfadosa.”

El bandolerismo en la Cataluña del siglo XVI estuvo directamente relacionado con la enemistad entre dos facciones que habían fracturado el Principado: los nyerros y los cadells. Cada bando disponía de sus propios señores, influencias en la administración y la iglesia, y también de sus propios bandoleros. Los unos no se distinguían de los otros porque tuvieran distintas ideas: ambos compartían un odio común por el otro que procedía de antiguas disputas medievales. Lo mismo pasaba en otras partes de Europa, dos facciones con odios ancestrales se disputaban territorios en Milan, o Florencia, o incluso Navarra o Vizcaya. Sin embargo en el caso de Cataluña esa rivalidad trajo como consecuencia un bandolerismo desproporcionado y organizado que azotó el territorio como una plaga.

Perot Roca Guinarda nació en 1582 en Oristà, cerca de Vic, en el seno de una familia rural acomodada. A los 20 años acompañaba a Carles de Vilademany, cabeza de los nyerros en Vic. Una noche, saliendo del palacio de Viademany, fue herido gravemente en una emboscada tendida por el obispo de Vic, cadell furibundo y cabeza de su facción en la comarca. Tardó un par de meses en recuperarse, y entonces se fue directamente al monte y empezó a reclutar hombres para formar su propia cuadrilla. Lo primero fue vengarse del obispo atacando su palacio, que estaba bien defendido. Le intentaron disuadir por considerar la empresa imposible, pero al final atacó, y pese a la fuerte resistencia de los hombres del obispo, Perot entró con los suyos y se apoderó del palacio, para abandonarlo pasado un tiempo. Así empezó su carrera de bandolero nyerro.

El Duque de Monteleón, Virrey de Cataluña, había intensificado la lucha contra los bandoleros, y trató de aislarlos tanto de la ayuda que recibían de la nobleza como de los campesinos intensificando su coerción sobre ambos. En 1605 formó unas milicias llamadas Uniones o Hermandades para perseguir bandoleros de los dos bandos, y Francesc Torrent dels Prats fue nombrado comisario de la Unión de Vic al mando de 200 hombres. Persiguió a Perot por todo su territorio, quien se movía normalmente entre Vic y el Montseny. Perot lo despistaba, pero el comisario resultó ser un enemigo tenaz y le pisaba los talones cada vez más de cerca. En febrero de 1607 capturó a Pere Roca de Montanyola, hombre de confianza de Roca Guinarda, y lo colgaron. En represalia Perot fue con 14 ó 15 hombres una noche a la casa de Torrent, que no estaba en ese momento, y la incendió junto con el pajar. Al día siguiente escribió un cartel en el que amenazaba a cualquiera que ayudara al comisario, y lo firmó. Lo llevó de noche a las puertas de la muralla de Vic, lo dejó bajo una piedra para que no se lo llevara el viento, y se volvió al bosque: el cartel fue hallado al abrir las puertas y su mensaje transmitido. Un poco más tarde apareció otro cartel en Villaleons, amenazando con incendiar las casas de los amigos de Torrent, y matarles a ellos y sus familias, incluyendo el ganado.

El tiempo pasaba de esta manera, con Perot desafiando a sus perseguidores, incluyendo las tropas reales, robando por el camino de Barcelona a Girona, hiriendo y siendo herido en sus escaramuzas con los hombres de la Unión de Vic, y yendo como siempre un par de pasos por delante de todos los demás. Disponía de un pequeño ejército de cantidad variable de hombres, dependiendo de lo que pudiese pagarles, que se dividían para ser más operativios formando grupos coordinados: entre ellos abundaban los gascones, y había una cierta influencia hugonote. En 1609 capturaron y ejecutaron al segundo de Perot, Janot Gili de Vilalleons. Como venganza Perot extendió el territorio de su correrías, persiguió a sus enemigos, quemó sus casas y asesinó a unos cuantos. Los campesinos le ayudaban por miedo, y los nobles y gente poderosa lo amparaban por interés. El comisario Francesc Torrent dels Prats no cejaba en su empeño de capturarlo y mató a varios más de sus hombres. La lucha había llegado a una especie de cuerpo a cuerpo entre los dos, como si fuera algo personal. Torrent fue advertido de que iban a por él y que anduviese con cuidado. El 19 de diciembre de 1609 Roca Guinarda lo esperó en Vic, y lo acribilló a tiros de pedreñal y cuchilladas, capturando y desarmando a sus hombres, a los que enseguida dejó libres.

En 1610 Perot fue aproximándose a Barcelona con más frecuencia. Iba por las afueras de la ciudad y se burlaba descaradamente de la autoridad del Virrey: el 7 de enero va con 40 hombres tras uno de sus perseguidores para matarlo y quemar su casa, pero no lo encuentra; al día siguiente se para en un hostal de Sant Andreu, hace al cura bendecir su cena y la de sus hombres, y después de pasar la noche y pagar al hostelero, le pide que vaya a denunciarlo al Virrey; al día siguiente hizo sonar las campanas en el castillo de Montcada para que las tropas reales y las milicias de Vic fuesen a prenderle. Aumentaron la recompensa por su captura y envíaron a más hombres en su búsqueda, pero Perot se escabullía y aparecía en otra parte después de atacar y robar por el camino. “El virrey no puede más, los ladrones se burlan de él y los caballeros le han perdido el respeto”, escribe en su diario el historiador de la época Jeroni Pujades después de enumerar las acciones de Perot durante esos días. El virrey sabía que Perot tenía amigos poderosos en la ciudad, y la leyenda cuenta que entraba por entonces secretamente en Barcelona de noche y que se alojaba en la callejuela que hoy lleva su nombre, cerca de algún palacio perteneciente a alguno de sus protectores.

La popularidad de Perot iban en aumento, pero también era consciente de que semejante forma de vida al margen de la ley no podía durar mucho más tiempo, así que en pleno apogeo de su carrera como bandolero decidió enviar una carta al Virrey llena de humildad para intentar llegar a un acuerdo con él: a cambio de su perdón y el de sus hombres, prometía servir en los tercios de Flandes o en Italia durante 10 años. Luego envió una segunda carta directamente al rey escrita en términos menos humildes. El duque de Monteleón, que vivía sus últimos días como virrey, no lo aceptó, quizás postergando el problema para su sucesor. Y entonces una cuadrilla de la Unión de Vic se topó con la banda de Roca Guinarda y mató a sus hombres de confianza, como Jaume Alboquers, amigo personal que había estado con él desde el principio; pero no dieron con Perot, que huyó a Francia y desapareció durante varios meses. Volvió con hombres para recuperar totalmente su territorio, y poner de nuevo en jaque al Virrey con una actividad imparable contra cadells, y los soldados tanto reales como de la Unión de Vic. El nuevo virrey no quiso heredar el problema que suponía Perot, así que le escribió una carta el 30 de julio de 1611 aceptando el trato por el bien de todos y la paz en el Principado. En octubre partió Perot junto a sus hombres de Mataró hacia Italia, donde el Conde de Lemos, Virrey de Nápoles y protector de Cervantes, y a quién éste iba a dedicar el Quijote, lo nombraría capitán.

El Duque de Alburquerque fue nombrado en 1615 Virrey de Cataluña, y aumentó su poder de manera arbitraria en detrimento del derecho del Principado, utilizando también la justicia a su conveniencia para reprimir el bandolerismo, que seguía asolando Cataluña igual que antes tras la partida de Perot. Desde Tortosa llegó a escribir al rey: “En llegando a Barcelona pondré en galeras a todo el Principado”. Pero sin comprender las causas no podía remediar el mal. “Visca la terra”, era un grito común de nyerros y cadells, el mismo grito que había dado Perot y sus 300 hombres la noche que ocupó la ciudad de Vic en 1610 haciendo huir a las tropas del Virrey, como venganza por la muerte y decapitación posterior de su amigo Jaume Alboquers. El bandolerismo fue cesando en cuanto las disputas entre nyerros y cadells fueron menguando, hasta llegar la sublevación catalana de 1640 y la llamada “guerra dels segadors”. El Imperio español de los Austria pasaba un mal momento, y Portugal, Sicilia y Nápoles siguieron el ejemplo catalán.

Roca Guinarda tuvo que leer la segunda parte del Quijote pocos años después de llegar a Nápoles, y así se convirtió en un espectador más de su propia fama. Cervantes idealizó en general su figura de bandolero, pero sin faltar a la verdad: era cortés cuando robaba, no secuestraba por dinero, respetaba las iglesias y no deshonraba las mujeres; se hacía querer y era temido entre sus hombres; era impulsivo de una manera controlada, con una bravura que intimidaba a sus enemigos sin dejar de ser inteligente en sus estrategias; y, después de todo, quedó claro finalmente que robar no era su vocación sino su forma de vida en un país vuelto del revés, y que en cuanto pudo lo dejó.

Ahora bien, Roca Guinarda no era de mediana altura ni moreno tal como lo describe Cervantes; sino alto y delgado, de bigote afilado y barba perlirroja y escasa, con una cicatriz debajo de ella, según testimonios. Unas mujeres que lo vieron en Avinyó lo describen como rubio y galante. Resulta extraño el error en esa descripción por parte de Cervantes porque no tenía ninguna necesidad de inventársela. Aunque no lo conociese personalmente, es indudable que tenía por otra parte información de primera mano respecto de Perot, a juzgar por los detalles y pormenores que nos da sobre su vida, que coinciden con la información de otros testimonios y fuentes. Lluís M. Soler i Terol, en su magistral historia del bandolero, establece una curiosa relación. En un determinado momento, don Quijote le dice a Roque Guinart:

“Y si vuestra merced quiere ahorrar camino y ponerse con facilidad en el de su salvación, véngase conmigo, que yo le enseñaré a ser caballero andante, donde se pasan tantos trabajos y desventuras, que, tomándolas por penitencia, en un momento le pondrán en el cielo”.

Y por otra parte en su primera carta al Virrey de 1610 pidiendo clemencia, Perot menciona también el mismo “camino de la salvación”:

“Reconociendo Pedro Roca Guinarda la ceguera con que ha vivido en su culpas y delitos, y la obligación que le corre de procurar la enmienda de ellos, encaminándose por el camino de la salvación, suplica a Vuestra Excelencia, con las veras y humildad posible, lo siguiente, usando de su clemencia y benignidad.”

No sabemos qué clase de relación hubo entre los dos, y resultan llamativas, no sólo la cantidad de información veraz que maneja Cervantes acerca de Perot; sino también la defensa que hace de su caso en las páginas del Quijote, impopular como debía ser fuera del ámbito catalán y aún dentro de una parte de él. Incluso sorprende el protagonismo que adquiere de pronto en la historia, eclipsando al propio don Quijote, que en esos capítulos, como ha observado Martí de Riquer, no resiste la comparación con el bandolero y su presencia palidece. Y Roca Guinart es el único personaje en la novela que hace referencia directa y expresamente con su nombre a una persona que tuvo existencia histórica y real. Los otros personajes del Quijote, a excepción de Ginés de Pasamonte que hace referencia a Jerónimo de Pasamonte, están basados en mayor o menor medida en personas que conocía Cervantes, pero ninguno aparece con su nombre auténtico en la ficción.

Perot era un hombre práctico y en Nápoles halló un medio de vida sólido. Su vida azarosa e itinerante hasta entonces no le había permitido atarse a nada demasiado. Su hermano mayor Cebrià hizo testamento en 1614, a punto de morir a los 38 años, y le dejó a Perot 25 libras: ese detalle hace pensar que todavía mantuvo algún tipo de contacto con su familia una vez llegó a Nápoles. Por otra parte del montón de documentación y testimonios que aporta Soler i Terol, no hay la menor mención a algo parecido a una vida sentimental, o como lo queramos llamar; quizás no tuviese mucho tiempo para cultivarla, o lo llevó con mucha discreción: fuese lo que fuese, debió quedar atrás. Los hombres de su cuadrilla a los que más apegado se sentía, los habían matado. Y su relación con el noble Carles de Vilademany, el abad de Ripoll o su valedor en la Diputación de Barcelona el militar Alexandre d'Alentorn debió distanciarse, en Nápoles ya no podía serles útil y en su ausencia las circunstancias y los intereses fueron cambiado.

Una vez pasados los diez años obligatorios en Nápoles, Perot decidió quedarse otros diez y continuar allí con su carrera militar. Sabemos que en 1635 seguía estando en Nápoles, y poco más se sabe después.

Sus días de rebelde y fugitivo pertenecían ya a otro tiempo y otro lugar, como si fuera otra vida, que desde entonces han revivido los versos y canciones que le han dedicado en su tierra, así como las páginas de Cervantes que le dieron notoriedad en todo el mundo.


lunes, 21 de agosto de 2017

Carrer d'Alí Bei.

El otro día me fijé en un guiri que se había detenido en la calle de Alí Bey para mirar concentrado el mapa turístico de la ciudad que tenía en las manos. Resulta curioso observar que para saber dónde estás, tengas que averiguarlo mirando un dibujo en un papel. Y me hizo gracia que estuviese precisamente en la calle que le ha dedicado la ciudad al extraordinario viajero, erudito, espía y aventurero que fue Domingo Badía, más conocido como Alí Bey.

Fue Victor Balaguer, historiador y estudioso de Alí Bey, quien sugirió dar el nombre de este catalán a una calle de su ciudad, según nos cuenta él mismo en el libro que dedicó a las calles de Barcelona en 1865. Hizo bien, Domigo Badia nació y creció en Barcelona, y seguro que siempre la llevó dentro de sí. Por mucho que te alejes en la vida, incluso hasta perderte, uno siempre anda recorriendo las calles de la infancia de alguna manera.

Domingo Badía y Leblich nació en 1767 en Barcelona. Muy estudioso y autodidacta en su juventud, trabajó duramente para adquirir una cultura muy amplia, incluyendo el dominio de varias lenguas y un notable conocimiento científico. A los 36 años a emprende su viaje, con el apoyo encubierto del primer ministro de entonces Godoy, por el mundo musulmán haciéndose pasar por el príncipe abasida Alí Bey, descendiente del Profeta. Partió de Tarifa y desembarcó en Tánger para empezar su aventura en Marruecos. Su identidad falsificada con documentos, junto a su interesante personalidad, le fueron abriendo las puertas en un viaje memorable que le hizo pasar por Trípoli, Chipre y el Peloponeso, Alejandría y El Cairo, y La Meca en 1807: fue seguramente el primer europeo en visitar la Kaaba. Pasó por Palestina y Tierra Santa, visitó el Templo de Jerusalén, hasta llegar a Constantinopla pasando por Damasco. Y desde allí inició la vuelta por el centro de Europa: Bucarest, Viena, Múnich y París, y desde allí a España.

Cuando volvió a casa en 1808 con una cantidad enorme de información y contactos, ni Carlos IV ni Fernando VII le hicieron demasiado caso. Así que después de la ocupación francesa pasó a trabajar como funcionario en la nueva administración de José Bonaparte, y tras la retirada francesa en 1813 pasó a residir en París, se naturalizó francés y le dieron un cargo.

En 1814 publicó en francés con mucho éxito la crónica de sus viajes, que fue traducida a los principales idiomas europeos. Tras la caída de Napoleón el mismo rey Luis XVIII le pidió que trabajase para él como agente colonial, así que se creó una nueva personalidad, Otman Bey, padre de Alí Bey, y planificó un segundo viaje mucho más ambicioso que el primero, y así partió en 1817 en secreto a lo que sería su segundo viaje a La Meca. Murió saliendo de Damasco en 1818, en circunstancias no muy claras.

Hay algo particularmente quijotesco en este personaje. A Domingo Badía se le recuerda como Alí Bey, de la misma manera que Alonso Quijano es recordado como El Quijote, y en ambos casos se convirtieron en personajes de su propia invención después de enfrascarse en la lectura de muchos libros. Ambos vivieron sus personajes, y da la sensación de que llegaron a creérselos. A Badía le gustaba tanto el Occidente como el Oriente, pero también es cierto que a su manera se distanciaba de ambos mundos.

Y lo mismo que El Quijote, los dos emprendieron un segundo viaje, que resultó ser el último.

Después de mirar al guiri, recordé lo que dijo R.L. Stevenson: los sitios de verdad no salen en los mapas.

Se trata de una calle arbolada y espaciosa que se aleja del centro para conectar con el barrio de Poble Nou. Abundan las peluquerías y súpermercados chinos. Da qué pensar en lo que se ha convertido con el tiempo y la globalización la antigua ruta de la seda, que se propuso seguir en sus andanzas un catalán audaz conocido como Alí Bey.











domingo, 20 de agosto de 2017

Carrer de Ferran.

El ayuntamiento de Barcelona inició después del trienio liberal de 1824 la apertura de un eje que uniese las Ramblas con la Ciudadela a través de la trama de callejuelas medievales de toda esa zona. El primer tramo iría de las Ramblas hasta el Carrer d'Avinyó, y recibió el nombre de Calle de Fernando VII. Posteriormente se derribó el convento de la Enseñanza y varias manzanas, y en 1848 llegó hasta la plaza Sant Jaume, llamada de la Constitución por entonces. Y por los arcos del pasaje Madoz se comunicaba con la Plaza Real, de manera que la calle daba por esas tres partes a los puntos más concurridos de la ciudad.

Después de la llamada década absolutista de Fernando VII que duró hasta 1833, vino un periodo liberal y la calle cambió su nombre por el de Calle Mayor del Duque de la Victoria. Pero el bombardeo sobre la ciudad desde Montjuïc ordenado por Espartero el 3 de diciembre de 1843, y seguramente su conocida frase de que a Barcelona hay que bombardearla cada 50 años, hizo que la calle recobrase el nombre del monarca Fernando VII. Con el bienio progresista en 1854 volvió a llamarse Calle del Duque de la Victoria, y cuando terminó en el 1856 de nuevo de Fernando VII. En 1910 se la dejó simplemente como Calle de Fernando, y ya después Carrer de Ferran, sin más, así de indefinido, como aludiendo a alguien con amnesia que no recuerda su apellido.

Al final se quedó con el nombre de Duque de la Victoria la calle que se abrió entre Canuda y Puertaferrisa. Recientemente se propuso en el distrito de Ciutat Vella quitarle lo de “La Victoria” para dejarla sólo como Carrer del Duc (del Duque). Pero tampoco ha dejado satisfechos a quienes deciden los nombres de las calles, y en atención a que el título de Duque no ha traído sino malas experiencias a Cataluña, se ha propuesto cambiarle el nombre enteramente para llamarla calle del Barón de Maldà, vecino de ese barrio y cronista de los S.XVIII y XIX. A la gente y tiendas de la calle no les ha gustado demasiado la idea, por las molestias inevitables de un cambio de nombre. Cuando le cambias el nombre a una calle, en cierto sentido estás cambiando también la calle. Por lo tanto, sería como si esos vecinos se tuviesen que mudar a otra calle, y hay pocas cosas más fastidiosas y penosas en este mundo que una mudanza.

En el número 28 del carrer Ferran se encuentra la llamada iglesia de Sant Jaume. Después de la masacre de judíos de El Call, se fundó en ese lugar en 1394 una cofradía de judíos conversos, posiblemente sobre una antigua sinagoga. Después de su expulsión se construyó la iglesia de la Trinidad, y en el XVI se hicieron cargo de ella los monjes trinitarios. En 1823 se derribó la iglesia de San Jaime y su parroquia se trasladó a ésta de la Trinidad, que por lo tanto pasó a llamarse de San Jaime. La fachada actual sigue siendo básicamente la del S.XIV, mientras que el resto de la iglesia ha evolucionado con el tiempo. Su altar es el antiguo altar mayor de la Catedral que se trasladó en 1970.

Los edificios se construyeron siguiendo un mismo criterio estético para dar un aire familiar a toda la calle, y una vez construida, enseguida se convirtió en la niña bonita de la ciudad, llena de fachadas elegantes y tiendas lujosas, concurrida de día y de noche, sobre todo en festivos, de gente bien y distinguida, adornada de bellas señoritas y caballeros de lo más chic, y con las chocolaterías, sastrerías, relojerías, sedas y tiendas bien expuestas y rebosantes de lujo que atraían la curiosidad del público en general. Tanto se llenaba de gente que a veces impedía el paso de los carruajes. La calle irradiaba una especie de felicidad, e ir verla era evadirse un poco. Casi como ir al cine.















sábado, 19 de agosto de 2017

Carrer de Joaquín Costa.

La calle Joaquín Costa va hoy en día desde el carrer del Carme hasta Ronda Sant Antoni. La calle data de 1819 y en principio se llamó calle de los Cuatro Estamentos, e iba solamente desde Peu de la Creu hasta Ferlandina: desde esta última hasta el final de la muralla, que se ubicaba en la actual Ronda Sant Antoni, se extendía un campo de huertos.


En 1849 cambió su nombre por el de Ponent, y en la década de los 60 se buscó una conexión con la calle del Carmen por abajo, y un poco más allá de Valdonzella por la parte de arriba.

El diario La Corona publicó el 19 de febrero de 1866 el inicio de las obras para la prolongación de la Calle de Poniente:

“A la una de ayer tarde tuvo lugar la anunciada ceremonia inaugural de la apertura o prolongación de la calle de Poniente, para darle salida hasta la del Carmen. Repetidamente hemos indicado que es esta mejora una de las que con más urgencia reclamaba Barcelona, y cuya importancia a nadie se ocultaba.
No son dos, ni tres calles, las que van a salir beneficiadas, sí que barrios enteros muy poblados, que, por falta de esa vía de comunicación, se encontraban segregados del casco principal de la población, con marcada incomodidad de sus habitantes y grave perjuicio de los propietarios. Esto explica el extraordinario regocijo con que se asociaron aquellos vecinos a la ceremonia de ayer, colgando en sus balcones y ventanas y poblándose las calles de numerosísima concurrencia.

El Ayuntamiento, en corporación, precedido de la banda municipal y de los maceros, comprendiendo toda la importancia de la mejora, quiso dar con su presencia mayor realce al acto. En un tablado bastante bien decorado que se improvisó al efecto, celebró, por así decirlo, el municipio sesión pública, leyendo la autorización para la apertura y procediendo luego el alcalde corregidor a la demolición de un trozo de muro, en señal de quedar comenzadas las obras. Los circunstantes celebraron con una aclamación general la inauguración, retirándose después el Ayuntamiento.”

El pintoresco artículo termina con la siguiente aclaración:

“Las expropiaciones a que debe procederse son pocas. Se reducen a un pequeño trozo de la parte norte del convento de Capuchinas, y a cuatro casas de la parte de la calle del Carmen, puesto que el terreno restante entre éstas y aquél consiste en patios.”

Los nuevos edificios albergaron multitud de comercios y se instalaron clases modestas y trabajadoras. La calle había protagonizado hasta entonces diversos conflictos sociales y políticos en la ciudad y tenía fama de revoltosa, y continuó en su misma línea. En 1868 los vecinos boicotearon la procesión del Rosario de la Aurora lanzando orinales desde los balcones, hasta que finalmente acabaron a los palos entre unos y otros con la intervención del ejército. En 1909 se llenó de barricadas y tiroteos entre los movimientos obreros, que se habían declarado en huelga y rebeldía contra el reclutamiento forzoso para ir a la guerra en Marruecos, y el ejército invadió la ciudad para aplastar la revuelta.

En 1912 la ciudad entera se quedó horrorizada con el extraña y sensacional noticia de Enriqueta Martí, y lo que descubrieron en el piso que ocupaba en el entresuelo del número 29 de esa calle. Enriqueta murió en la cárcel en 1913 y el caso no llegó a esclarecerse nunca del todo: las pruebas y las acusaciones habían resultado inconsistentes, pero la fama del caso con sus distorsiones y el odio popular con su habitual ceguera, la habían convertido en una especie de monstruo demoníaco mataniños. En la hemeroteca de La Vanguardia se puede consultar el seguimiento que le hizo el diario al caso de la llamada vampira de Barcelona, incluyendo el siguiente artículo informativo el 21 de agosto antes del juicio.

En mayo de 1923, a petición del Centro Aragonés, el Ayuntamiento de Barcelona accedió a cambiar el nombre por el actual de Joaquín Costa, en honor al político y pensador aragonés.

Durante la posguerra y el franquismo la calle quedó dentro de la órbita decadente de lado más feo del Raval. El submundo del Barrio Chino quedaba al otro lado de la calle del Carmen. Un tipo de prostitución barata pasó a formar parte del paisaje de la calle, uno entraba y parecía un lugar medio olvidado y abandonado, con gente perdida y alcohólica sentada en los portales e individuos que te miraban de reojo al pasar, y a los que era mejor evitar. Con la política de remodelación urbanística del 92 empezó la recuperación y mejora del barrio y de esta calle.

Actualmente la calle es peatonal y está llena de paquistaníes y filipinos, gente del barrio de toda la vida y guiris despistados que pasan por ahí, con comercios anticuados a lado de verdulerías de productos exóticos, locutorios para inmigrantes y tiendas postmodernas, y a la actividad del día le sigue la de la noche con su ambiente de copas y locales fashion que conecta con el resto de este Raval de principios del S.XXI, vibrante de vida y multicolor.