sábado, 5 de agosto de 2017

¡Yo no quiero ser alemán!

Sería injusto acusar a Alemania de ser la única causante de las 2 últimas guerras mundiales sólo por haber llegado tarde al reparto del mundo entre las demás potencias, provocando primero la guerra del 14, que hace poco se cumplieron 100 años de eso; y luego con su segunda parte, la del 39 con Hitler como Führer del III Reich. La primera guerra mundial puso en evidencia que Europa era un polvorín, y que todos los países compartían una misma naturaleza tan agresiva como arcaica en unas estructuras no se podían sostener: el mundo iba mucho más deprisa de lo que eran capaces de asimilar aquellas sociedades; y sin capacidad para cambiar y solucionar los problemas por parte de nadie, lo mejor era una buena guerra en la que, eso sí resulta justo decirlo, Alemania tuvo un papel destacado.

Después de la destrucción física de Europa y la simplificación de su población, se reinició un nuevo orden mundial, y el plan de reconstrucción europeo del General Marshall ayudó acertadamente a Alemania así como al resto de países europeos que caían en la órbita occidental a rehacerse de sus ruinas. Nosotros teníamos entonces a Franco, y el Plan Marshall pasó de largo por España como en la peli de Berlanga, abandonándonos a nuestra suerte en aquella cultura facha, ultra católica, anticuada y de estética cutre que tuvimos que sufrir hasta que el dictador se murió de viejo en la cama, y le sucedió todo eso que se ha llamado Transición, cuyo principal mérito consistió en meternos en Europa: se hizo como se pudo diciendo que sí a todo, y en aquel momento era mejor eso que continuar desconectados de Europa y el mundo.

En lugar de aplicar su renombrada eficiencia germánica en la destrucción y las matanzas, para lo que demostraron tener grandes aptitudes, después de la guerra los alemanes decidieron emplearse en la reconstrucción de su país ordenadamente, trabajando para una industria muy desarrollada basada en el conocimiento, y así dieron la vuelta a la idea del general prusiano von Clausewitz: si la guerra había sido en principio una continuación de la política por otros medios, supieron después convertir la economía y la política como una continuación de la guerra también por otros medios. Hoy en día la victoria alemana no es cuestionada por nadie que quiera seguir en la Europa que están montando: el euro es la moneda alemana, han conseguido que se vaya Inglaterra, y hacen lo que quieren con los países del sur interviniendo directa y descaradamente en sus políticas, como si fuésemos un Länder más de su 4º Reich. Dentro de poco nos dirán qué podremos producir y qué no; cuánto dinero podremos tener, pedir prestado y en qué nos lo podremos gastar; y de qué podremos hablar y si podremos decidir algo por nuestra cuenta. Y lo peor de todo, nos lo dirán con ese aire de superioridad y condescendencia despreciativa tan alemanes, que no es otra cosa sino la disimulada expresión de su profunda envidia por lo que en realidad ha sido y sigue siendo el sur de Europa: la esencia de la civilización y la cultura europea.

Los alemanes y toda esa gente del norte han sido y siempre serán unos bárbaros que se quedaron a las puertas de la civilización europea: primero de Grecia, Roma y el mundo mediterráneo; luego del florecimiento de la cultura medieval trovadoresca que fue de Cataluña, pasando por el mediodía francés, hasta el Piamonte y la Lombardía: Nietzsche mismo tuvo que emigrar de Alemania hacia allí para desarrollar su gaya ciencia. Y después con el deslumbrante Renacimiento Italiano.

Por su parte, la principal aportación cultural alemana ha sido el protestantismo, que consiste básicamente en un ética puritana para el dinero que con el tiempo degeneró en cosas como la supremacía nacional y racial alemana, y demás subproductos ideológicos..

Lo primero que se ha hecho para destruir la cultura europea ha sido hacernos creer que tiene que haber un solo país, con una sola moneda, un solo gobierno y una sola política para todos. Europa ha sido siempre un conjunto de países demasiado heterogéneo en sus culturas y sus lenguas como para poderlos unir bajo una sola idea: en esa variedad ha basado su riqueza; y cada vez que han intentado unirlos por la fuerza, han fracasado. Europa no necesita ninguna unidad política, ni monetaria, ni económica, porque entonces Europa desaparecería. Esto no lo puede entender la mentalidad totalitaria de un alemán, que busca la uniformidad según sus estándares de normalidad bárbara y protestante. No debemos dejar que nos impongan su cultura, sería como dejar que nos impusieran su lengua, o incluso su clima. Europa sólo se puede construir desde sus partes, y eso no podrá suceder si los del sur no dejan de hacer ver que son lo que no son y a desvalorizarse ellos mismos.

Debemos detener el rumbo y dar un paso atrás para reconsiderar la trayectoria que los europeos hemos tomado, permitir que cada uno gobierne en su casa conforme a sus características, decir a los alemanes que se queden en la suya, y crear un sencillo y efectivo contexto común a todos que estimule un mercado europeo al mismo tiempo que se respeten los componentes: las buenas vallas hacen los buenos vecinos. Y ser dignos todos juntos del respeto por parte del resto del mundo en este planeta global lleno de idiotas globales dispuestos a cargárselo todo.

Que no nos engañen: ¡no queremos ser alemanes!

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