domingo, 5 de noviembre de 2017

Cataluña y el Estado de las autonomías.

Ningún partido ni nadie en este país tiene, según parece, nada que ver con los últimos acontecimientos en Cataluña, excepto los 4 lunáticos que han montado el espectáculo del Procès. En España todo es normal y todo está controlado, y la única anomalía procede de unos cuantos catalanes revoltosos que sienten cada vez más rechazo por lo que hace tiempo estamos viviendo en España, y se imaginan lo bonito que sería vincularse directamente en Europa como una nueva región en forma de república. Sin embargo estos soñadores deberían revisar mejor su ideal: todos sabemos que una Cataluña independiente sería viable económicamente, y operativa como sociedad; pero también que por razones obvias nunca lo van a permitir: la región es demasiado valiosa para España como para dejarla escapar. Si por un lado hay que aplaudir a estos independentistas su persistencia en agitar el conformismo y la pseudonormalidad española, por el otro no podemos dejar de sentirnos incómodos al verlos desgastarse tanto para no lograr nada al final fuera de la legalidad.

Los independentistas no son mayoría en Cataluña, eso desautoriza por principio cualquier declaración unilateral de independencia. 6 años atrás rondaban el 10%, y hace un par de años se habían convertido sorprendentemente en casi la mitad de los votantes. Pero si hiciésemos un referéndum, todo parece indicar que saldría que no a la independencia. Aunque la mayoría de gente no vea nada claro lo de los 16 mil millones que salen de la recaudación en Cataluña para financia un estado de las autonomías defectuoso, con demasiadas regiones y descompensadas, y que sólo existe por el interés de que sigan manteniendo sus cargos y su chiringuito autonómico los partidos que las controlan, básicamente pp y psoe. A excepción de las 2 regiones más distintas de todas a las demás: vascos y catalanes, allí esos 2 partidos pintan poco.

Ahora bien, si los catalanes fuésemos independientes, yendo bien la cosa, apenas nada cambiaría respecto de nuestras vidas de ahora: sería como ahora, pero con un par de mejoras de fondo. Entonces, ¿por qué ese desesperado anhelo de independencia? ¿Y por qué la reacción de las fuerzas contrarias es tan virulenta? En un contexto tan emocional e irracional, con un gobierno que no tiene otra ideario que imponerse a los demás con sus ideas simplonas, hay que repensarse las cosas.

Es verdad que el independentismo no pasará de un 40%. También lo es que en las últimas generales de España el pp y c’s sacaron juntos un un 30%. Menos votos, en cualquier caso, que los que sumaron las abstenciones, votos en blanco y nulos: un 35%. En realidad, el gobierno español que tenemos no se fundamenta en una sólida base democrática sino en el pasotismo del votante medio español, que o bien le da palo ir a votar en domingo, o bien le da lo mismo unos que otros, porque o bien no espera nada en particular, o nada en general, etc.

Quienes están dirigiendo el Procès deberían por lo tanto tomar la iniciativa y revisar su base social, su estrategia y sus objetivos. Si sabemos que ahora mismo no es posible una independencia, que a lo mejor tampoco es estrictamente necesaria, ¿por qué no redefinir la postura y hacerse con una base social del 75%, al menos, que incluya a todos los que no están contentos con la relación de Cataluña con España? El argumento sería incontestable: lo que ha pasado en Cataluña es un fracaso del sistema autonómico actual, y por lo tanto un fallo de la organización territorial de España. Es lo que deberían atacar utilizando los 16 mil millones como argumento.

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