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jueves, 27 de agosto de 2015

Will vuelve a Stratford. Acto 5: Los huesos de Shakespeare.

La primera vez que fui a Stratford hace ya más de 20 años me paseé por la ciudad y terminé finalmente frente a la tumba de Shakespeare, leyendo la inscripción siguiente en inglés antiguo:

Buen amigo, por Jesús, abstente
de cavar en el polvo aquí enterrado.
Bendito sea el hombre que respete estas piedras,
y maldito el que remueva mis huesos.

Lo más probable es que no lo escribiese él y que fuese cosa de su familia después de su muerte en 1616. Parece sin embargo que nadie se ha atrevido a tocar desde entonces esa tumba a causa de la advertencia, y lo más seguro es que sus huesos sigan ahí. Incluso en recientes restauraciones de la iglesia se ha hecho de manera que no se tocara nada de ese sepulcro. El epitafio parece guardar un secreto oculto que no debemos profanar. Siempre se ha rodeado a Shakespeare de un cierto misterio, que sin duda procede de la discreción y la reserva que el propio autor cultivó toda su vida, pese a la fama que alcanzó en Londres como actor y dramaturgo: a veces parece que hubiese querido no dejar ningún rastro tras de sí y mantenerse al margen de todo eso. Incluso se ha llegado a especular de manera fantasiosa sobre otros posibles autores para sus obras. Incluso allí, de pie frente a su tumba, llegué a pensar si realmente estaría enterrado él y no otra persona.

Luego me fijé en la lápida de Anne, de nuevo apartada y separada de él a un lado, y salí a dar una vuelta por los alrededores. El pueblo conserva todavía esa cosa anticuada y tan inglesa que resulta en nuestros días tan irreal como una postal turística, y lo atravesé hasta ver los campos y bosques alrededor. Creo que hay cosas que están literalmente en el aire, y a mí me gusta sentarme bajo un árbol y mirarlo todo de esa manera. Las palabras son una coincidencia sorprendente de letras, formas y sonidos, rozan las cosas y nuestras sensaciones, llegan de uno a otro a través del espacio y el tiempo y parecen a veces contener la misma vida, siempre que haya alguien que las pueda leer. Y de alguna manera Shakespeare dejó parte de su alma en ellas pero sin dar tampoco demasiadas pistas sobre su persona.

No he tocado en ningún momento sus huesos con los dedos de mi fantasía en estos cuentos, y ahí los dejaremos en su soledad bajo 6 pies de tierra. Llega un día en que tenemos que dejar lo que tengamos, y volver al lugar del que partimos. Y mirando esa lápida con su inscripción queda claro que Will se vino a Stratford para quedarse definitivamente.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Will vuelve a Stratford. Acto 4: Anne.

Will se distrae mirando las cosas que hacía tiempo que no veía por el sendero que le lleva a su casa de New Place. Avisó en su momento a Anne desde Londres de que llegaría ese día por la tarde a una cierta hora. Sabe que todavía es pronto, así que se toma su tiempo para no llegar antes de lo previsto.

Anne se había pasado el día arreglando la casa. Tenía la manía por la limpieza y el orden, y mientras estaba en ello se acordó de cuando Will la observaba al principio en esas tareas de la casa, o cuando se apartaba a veces sin decir nada al verla venir para que no le alcanzara también a él su limpieza. Me hacía reír, recuerda ella. Discutió con Judith, que andaba últimamente malhumorada desde que supo de la vuelta de su padre, y la mandó hacer unos recados para cuando él llegara por la tarde. Despidió a los criados lo que quedaba del día, e hizo avisar a Susanna para que los visitara al día siguiente. Anne estaba sola en la casa y se toca la alianza en su anular, y empieza a sentir el nerviosismo. Desde que pasara todo lo que pasó y la consecuente marcha de Will, había convertido su hogar en el centro de gravedad de su vida. Se sorprendió cuando Will le escribió para decir que venía a quedarse una temporada larga, pero sin mencionar las razones. Y mientras mira por la ventana con tantos sentimientos encontrados susurra para sí misma: sí.

Anne no había visto ninguna representación de las obras de Will y no sabía leer. Para ella fue siempre aquel muchacho de Stratford que miraba las cosas de otra manera, y que se enamoró de ella a los 18 años. El profesor Lovejoy quiso leerle algunos sonetos en sus visitas, pero a ella le faltaba paciencia para escucharlos. Lovejoy la veía cada vez más hermosa y reservada, apenas aparecía por el pueblo y daba la sensación de que mantenía respecto del mundo una distancia insalvable. Una sensación semejante le causó el mismo Will muchas veces antes de partir al galope hacia Londres aquella noche para salvar su vida.

Tampoco Judith tuvo nunca la menor idea del trabajo de su padre. Supo que escribía y que había adquirido fama en Londres según le habían contado, pero por ejemplo no sabía quién era Viola en la historia de Noche de Reyes, o Hamlet en su propia tragedia. Nunca demostró interés por sus obras. Will se había convertido en un desconocido en su propia casa. Y de pronto aparecía como procedente de otro mundo para quedarse.

Will avista la casa y distingue a Anne en la ventana, y entonces las miradas coinciden. Sigue hasta llegar y la puerta se le abre antes de que pueda llamar. Entra, se quita el sombrero, hace un saludo con la cabeza mientras le sonríe, y sin mediar palabra ella le lleva a la cocina, en dónde él siempre se sentaba para escribir sus cosas durante sus últimas visitas. Se sientan con la mesa en el medio y se miran sin cruzar palabra. Will desvía entonces la mirada y echa un vistazo a las cosas alrededor. Vuelve a mirarla y le dice:

- Dormiré en la segunda cama.

- Como quieras. Tienes la habitación preparada con todas tus cosas que trajeron esta mañana.

- Tienes buen aspecto, Anne.

A Anne siempre le gustaron las palabras de Will.

- Tú también, Will.

- Ha pasado mucho tiempo.

- Sí.

martes, 25 de agosto de 2015

Will vuelve a Stratford. Acto 3: Unas tumbas en el cementerio.

El carruaje ha dejado a Will en el cementerio de Stratford a media mañana. Le ha dado instrucciones al cochero para que deje sus cosas en la casa, lo ve partir y entonces se dirige al campo santo, directamente hacia la tumba de su hijo Hamnet. Se queda mirando su lápida un buen rato.

“Si pierdes a un padre o una esposa eres un huérfano o un viudo. Pero no hay una palabra para designar al padre o la madre que pierden un hijo: es como si la misma vida prohibiese así poder hablar de ello. 11 años no son muchos, pero no hace falta cumplir más para saber lo que es la vida... Los sueños del hombre son ingenuos, lo mismo que sus remordimientos, y aunque no nos demos cuenta vivimos en una perpetua inocencia... Espero que estés bien, y que sigas disfrutando viendo crecer la hierba sobre tu tumba, de la compañía que da el sonido de la lluvia cuando cae, que te refresque la niebla de la mañana y disfrutes del sol de mediodía, y unas palabras de vez en cuando. Tienes la tumba arreglada y las flores están todavía frescas, supongo que ha sido tu madre. Volveré pronto”

Mientras se dirige hacia la lápida de su padre se va fijando en los nombres y fechas que le van saliendo a su paso. Se queda mirando desde la distancia a unos que trabajan vaciando una tumba al otro lado. Will se dio cuenta de que había visto esa misma escena varias veces: distintas personas que a lo largo de los años mantienen las mismas conversaciones, pensó. Los actores cambian y hacen sonar de manera distinta los mismos diálogos: todo tan distinto y sin embargo tan parecido.

La halla junto a la de su madre igual de bien cuidadas que la de Hamnet, y mientras la mira silencioso se dirige unas palabras hacia sí mismo en lugar de hacia su padre:

"Somos la continuación de toda una larga serie de acciones de gentes que nos precedieron. Y los que nos sucedan tomarán el relevo y continuarán con sus propias acciones esa trama más amplia y general en la que participamos todos. Todas esas vidas de antes y de después, son en cierto sentido otras vidas nuestras pasadas y futuras. En lo que a mí respecta, parece que he sobrevivido a mi hijo y a mi padre, quedándome una vez más al margen de las cosas en esta vida… Lo primero que deja un padre a sus hijos como herencia principal es su nombre junto a sus propios pecados. Luego cargamos con ese legado como si de alguna manera fuésemos una extensión de ellos mismos y parte de sus esperanzas. Qué injusto e hipócrita puede ser el reproche de un padre hacia su hijo, mejor haría en mirarse al espejo para buscar responsabilidades… Si algo determinó su vida fueron desde luego las deudas, del tipo que fuesen: pues la deuda es la esencia de la sociedad, y lo que la une y le confiere el orden de una gran cadena."

De camino a casa se desvía para hacer una visita a su viejo profesor. Llega a su casa y se va directamente a la parte de atrás que da a la cocina, y mira por los vidrios de la puerta. La señora Lovejoy está preparando algo en el horno. Golpea con los nudillos.

- ¿Will?

Will le sonríe y le hace entender con gestos que desea entrar por la cocina.

- Qué alegría, Will, entra. Ayer precisamente estuvimos hablando de ti. Charles está en su estudio, tiene otro nuevo libro y no sale de allí hace días. Estoy preparando una tarta de ruibarbo, por favor sube a verlo y luego almorzaremos juntos. Se te ve estupendo, Will, tan elegante, tan bien vestido.

Will se sentía en presencia de aquella buena mujer todavía parte del muchacho que en el pasado visitaba la granja y el mundo de letras y sabiduría que guardaba aquel hogar.

- Subo a su estudio, señora Lovejoy, dejadme que le dé una sorpresa. Luego almorzaremos juntos.

Sube y se queda junto a la puerta abierta. Will carraspea para llamar la atención y golpea con los nudillos.

-¿De qué libro se trata?

Charles Lovejoy se gira y se queda mirando desde la silla sin decir nada, y entonces sonríe.

- Mi querido Will.

Almorzaron en la mesa de la cocina, como solían hacer tanto tiempo atrás. Will satisfizo la curiosidad de Lovejoy y su mujer, habló de su carrera, de Londres, del Globe, de su trato con la reina y luego el rey, y contó unas cuantas anécdotas.

Lovejoy le pregunta directamente:

- ¿Has visto ya a Anne?

- Ahora voy a casa.

La señora Lovejoy le dice que Anne los había estado visitado con frecuencia el último año, y que los había ayudado con el dinero que él hacía llegar desde Londres desde que Charles perdió el trabajo de profesor en la escuela:

- No lo sabía, no me ha escrito nunca. Quiero ir a casa ahora. He vuelto para quedarme. Os vendré a visitar, tengo algunas ideas que me gustaría desarrollar con vos.

Se levanta y se despide, y el matrimonio en la puerta de la cocina mira cómo se aleja por el bosque en dirección a su granja.

- Las cosas que hemos visto, ¿verdad Charles?

- Sí, Margareth. Las cosas que hemos visto.

Will vuelve a Stratford. Acto 2: Una noche en la posada.

A medio camino de Stratford le pidió al cochero que se detuviese para pasar lo que quedaba de la tarde y noche en aquella misma posada cerca de Oxford en donde durmió la noche anterior de su llegada a Londres. No se encontraba muy bien últimamente, y la juerga con Sir John, Ben Jonson y todos los amigotes del Globe y su círculo como fiesta de despedida le había dejado también para todo el día cansado, con resaca y sueño. Además quería llegar por la mañana a Stratford y empezar allí el día. De manera que después de pasear un rato por los alrededores a solas cenó un poco, y se fue a la habitación en donde se sentó en una silla, encendió su pipa y se acompañó de vino mirando por la ventana.

La noche de la despedida la taberna estaba llena de humo y de ruido, de conversaciones y risas, de música y de bailes y se terminó al amanecer. En medio del follón Sir John se sentó junto a Will y le preguntó:

- Y bien, Will, qué os dijo el rey.

- Me preguntó por vos, sabe que estáis en Londres. Le aseguré que os iréis por la mañana y no dijo nada más.

- En fin, en este mundo de apariencias todos representamos algún papel: él de rey, yo de viejo desterrado… Y vos, Will, ¿qué papel representáis?

Will miró a Sir John, le sonrió, y contestó:

- Estáis muy filosófico. Supongo que perdí mi papel en algún momento, y me he pasado la vida buscando las palabras.

Ben Jonson se les acercó con su jarra riéndose y se unió a la conversación.

- Sería incapaz de escribir para ese tipo una historia de fantasmas y brujas. Por qué le gustarán tanto...  ¿Será católico? Podríamos escribir un musical que se titulara “El rey fantasma”. Un reino se ha quedado vacío, el rey se pasea por los pasillos y las salas del palacio, todo vacío, y sale a un balcón también vacío, y mira el cielo de noche y las estrellas que titilan. Y entonces se da cuenta de que es un fantasma y se pone a cantar. Will, escribidme la letra, vos tenéis experiencia con los fantasmas.

Sir John:

- Esta obra la tendríais que representar en un teatro vacío. No creo que Will quiera participar sin una bolsa de chelines a cambio.

Will:

- En este mundo el dinero lo es todo.

Drayton se acercó al grupito de la mano de una muchacha, y se subió torpemente a la mesa para levantar teatralmente la copa:

- Se nos va el pueblerino de Will, de manera tan inoportuna como cuando llegó. Qué importa lo que pase en este mundo si luego no lo cuenta nadie: Londres se ha mirado a sí misma como en un espejo en cada una de sus piezas, y así la vida deforme y absurda de esta gran ciudad cobraba sentido al menos durante el breve intervalo que duraba cada representación en el El Globe. Sus personajes imaginarios nos parecen más reales y llenos de vida que cualquiera de los que estamos aquí: he ahí un motivo para meditar... Quizás no fuese más que una ilusión, pero qué aterrador me parece un mundo vacío de imaginación ¡Ah, el vacío! El que queda cuando baja la marea de la vida, el que sigue a los que se van para no volver, el de una mujer cuando se desvanece el encantamiento del amor y el de un mundo sin palabras… Y el de mi desconsolada copa en este momento, es el que más me preocupa ahora mismo.

Improvisaron una pieza breve en la que cada cual hacía del otro, y Sir John de rey salomónico que con una cacerola como corona dirimía acerca de los problemas que cada cual se inventaba y exponía en su presencia sentado en su trono, hasta llegar al desmadre y el más puro absurdo. Will se puso una sábana sobre sí e hizo de fantasma de la bisabuela del rey que le regañaba desde el más allá.

Will mira ahora por la ventana abierta de su habitación sorbiendo de su copa de vino y fumando su pipa. El aire fresco que le llega de afuera le resulta agradable. Todas aquellas palabras que había escrito morían en cada representación, y todo aquel mundo de imaginación tan lleno de detalles se desvanecía a su vez con las palabras, que nunca fueron más que eso, palabras. De pronto fue perdiendo la alegría de escribir, y un día en que no le venía a la mente la palabra que andaba buscando, cosa que le sucedía con frecuencia últimamente, de pronto la pluma saltó de su mano: parecía un presagio, y se preguntó si su tiempo no habría pasado ya. Quizás su teatro estaba llegando a su fin, y se dio cuenta de que incluso le daba un poco lo mismo lo que fuese de sus obras una vez dejara de escribir. Había llegado a la cima y era desde luego el mejor momento. Siempre había tenido presente que algún día iba a tener que retirarse a Stratford, lo había ido preparando y por fin había llegado el día.

Will vuelve a Stratford. Acto I: El viaje de vuelta.

Will mira distraídamente por la ventanilla del carruaje de vuelta a Stratford, y mecido por el vaivén y el movimiento del carromato empieza a notar diversas sensaciones demasiado desordenadas como para encontrar las palabras justas todavía, así que enciende su pipa y se deja llevar mirando sin más el paisaje que se sucede afuera como si fuese la propia vida. Se fija en un joven que a caballo se dirige en dirección contraria hacia Londres, y que le saluda cortésmente al cruzarse. Will le devuelve el saludo: hace veintitantos años también él se dirigió a la gran ciudad sin tener ni idea de lo que sería de su vida, y ahora se encuentra en el mismo camino pero de vuelta. Empieza a lloviznar y se recuesta en su asiento, recordando su último entrevista con el rey.

El rey James lo mandó llamar en cuanto se enteró de la noticia, e interrumpió su reunión con una embajada española que estaba de visita:

- Me tendréis que perdonar un momento, embajador, ha surgido un asunto urgente que me tomará unos minutos.

Llevaron a Will a una sala aparte y enseguida apareció el rey, que entró y cerró la puerta.

- Me he tenido que enterar por los criados de la juerga que os corristeis anoche con esa panda de borrachos de la que os rodeáis. Qué es eso de que os vais de Londres.

- Lo siento majestad, parto mañana.

- Cuándo volveréis.

- No lo sé.

El rey miró a Will y se dio cuenta de una determinación que iba a tener que respetar. Perdió la mirada en el vacío un instante para volver a fijarse en aquel tipo de mirada inteligente que siempre parecía ocultar su pensamiento. Se sentó como para acomodarse en su resignación, y entonces le preguntó:

- Por qué. Si tenéis algún problema decídmelo.

- Majestad, no hay ningún secreto. He terminado aquí y me vuelvo a Stratford.

- Comprendo. Quedaos al menos a comer conmigo, y de paso me ayudáis con esa embajada.

- Sí, majestad.

El rey se quedó absorto un momento y le dijo para finalizar:

- Supongo que todos tendremos que volver algún día a alguna parte, y dejar todo lo que tenemos…No sé. Acompañadme con esa gente, os lo ruego.

domingo, 3 de mayo de 2015

Hamlet en Inglaterra. Acto V: Will se marcha a Londres.

Will iba completamente distraído mientras anochecía sobre el caballo, que iba paso a paso muy despacio. Éste se paró finalmente y giró el cuello para mirar a Will: el animal no se sentía bien dirigido. Will le dio unas palmadas en el cuello para tranquilizarlo y le hizo gesto de seguir. El caballo continuó de nuevo a paso lento, y Will en sus pensamientos. A falta de no más de una milla para llegar a Stratford, el caballo sintió algo que lo hizo agitarse y que transmitió a Will, quien se dio cuenta y miró alrededor para ver de qué se podría tratar. A lo lejos en dirección a Stratford venía un grupo al galope con antorchas. Will se hizo a un lado para dejarlos pasar, y mientras lo hacían uno de los jinetes miró a Will y lo reconoció. Alertó al grupo, que se detuvo, y se lo quedaron mirando mientras el otro les decía:

- ¡Es uno de ellos! ¡El hijo mayor de los Shakespeare!

Will espoleó al animal y salió disparado al galope en dirección al bosque que conocía tan bien, y después de un rato le perdieron la pista.

Una vez estuvo seguro se fue entonces a un rincón en donde dejó al caballo refugiado y atado a un árbol. El caballo dio un resoplido y golpeó con el casco de una pata delantera el suelo. Will le dio una manzana que llevaba encima y luego le acarició el lomo.

- Tranquilo. Aquí estarás bien, no tardaré.

Cruzó el bosque a pie y fue a parar a un llano, al final del cual estaba la granja del tío Charles. Esperó un rato sentado en el borde del bosque fijándose en el camino que daba a la casa, quería estar seguro de que al cruzar no fuese visto. Finalmente fue y llegó a la casa, le dio la vuelta y golpeó el vidrio de la puerta de la cocina un par de veces. Entonces asomó el rostro de una mujer:

- ¿Will?

Will asintió y señaló con el dedo que quería entrar.

- Mi querido Will, qué alegría verte otra vez. No sabíamos nada de ti.

- Ésa era la idea, señora Lovejoy. Corred las cortinas y cerrad las puertas. Dónde anda vuestro marido.

- En su gabinete. Tiene un nuevo libro.

- Dejadme que le sorprenda.

- ¿Te quedarás a cenar?

- Por supuesto.

Will se fue hacia el estudio del tío Charles mirando las cosas de aquella casa que conocía tan bien. Todo estaba igual que siempre, como un reflejo de aquel hombre que parecía haber nacido con esa misma edad que tenía y su eterno aspecto de profesor. En realidad no era su tío, llamarlo así era una manera de resumir esos sentimientos y otros más. Por su parte Charles Lovejoy sabía que Will tenía un talento fuera de lo común. No le sorprendió que dejase sus estudios superiores porque era demasiado distinto y no podía seguir el camino de todo el mundo, y adivinaba que por dentro de aquel joven reinaba una gran confusión en la que se arremolinaba el mundo entero y las mismas estrellas del cielo.

La puerta estaba abierta. Will carraspeó para llamar la atención y golpeó con los nudillos.

- ¿De qué libro se trata?

- ¡Will! Pasa, antes estaba pensando en ti. Fíjate en estas crónicas. Ven y siéntate, échales un vistazo.

Le dejó la silla y Will comenzó a hojear el libro.

El tío Charles se quedó a un lado mirando con satisfacción a su alumno que por un momento se quedó absorto entre toda aquella información.

- Las cosas se están complicando en Stratford. ¿Dónde has estado?

- Por ahí. Vine a decirle a Anne que me iré a Londres. Había oído hablar de la primera edición de las crónicas de Holinshed. ¿De dónde lo habéis sacado?

- Es la segunda edición, nueva. Me ha costado una fortuna, mi librero de Londres me la consiguió.

De pronto oyeron caballos y ruido afuera, y entonces golpearon la puerta con fuerza. Charles agarró del brazo a Will y lo llevó a un escondrijo en la buhardilla del segundo piso. Bajó y le dijo a su mujer que fuese a la cocina a preparar la cena, y con un gesto le hizo entender que se calmase. Y entonces respiró hondo y se fue a abrir la puerta.

Un grupito siniestro con antorchas lo miró unos segundos antes de que el jefe de todos ellos empezara a interrogarlo.

- ¿Estáis solo?

- Con mi esposa, vamos a cenar.

- ¿No habéis visto a nadie por aquí?

- No. Llevamos toda la tarde solos. ¿A quién buscáis?

El jefe miró desconfiado al profesor, lo apartó y entraron en la casa para asegurarse. Registraron el primer piso, luego el segundo y finalmente volvieron a la entrada.

- Escuchadme bien, Lovejoy. En Inglaterra no hay lugar para traidores, ni para quienes los ayuden. Aprended a elegir a vuestros amigos. Ha habido quejas en la escuela y os han mencionado. Quedáis advertido. Vámonos.

Los vio partir hacia Stratford y cerró la puerta. Su esposa lo miró asustada y él negó con la cabeza. Subió y volvió con Will a su estudio.

- Tienes que aplazar la visita a Anne, supongo que irán por ahí en cualquier momento, esta noche, quizás mañana, no sé. ¿Destruiste toda tu documentación como te dije?

- No.

- ¿Por qué?

- No he querido quemar los registros del bautismo de mis hijos. Respecto del juicio sobre mi padre simplemente no he podido acceder a él.

- Está bien. Vete a Londres con la carta que te daré, yo hablaré con Anne y tus padres, y les diré que viniste a verlos. Will, nunca en mi vida he visto tantas cosas en el aire y alguien lo tendrá que contar. Se tarda más en cruzar Londres que la misma Inglaterra, eso te dará idea de lo grande que es. Aprende a mirar y fíjate en todo, sé tú mismo y trabaja día y noche. Mi librero de Chelsea te será de ayuda y te presentará a gente. ¿Te quedarás a dormir?

- No quiero dejar a mi caballo mucho más rato solo. Cenaré con vos y vuestra esposa, y luego me iré.





Fin de Hamlet en Inglaterra

sábado, 2 de mayo de 2015

Hamlet en Inglaterra. Acto IV: Retorno al pasado.

Hamlet mira por la borda el mar de vuelta hacia Dinamarca. Sintió la tentación de quedarse más tiempo con los piratas e incluso había considerado irse a Londres una temporada. Pero el día en que Sir John le dijo que Rosencrantz y Guildenstern habían muerto, Hamlet empezó a comportarse de manera extraña: anduvo esquivo y callado por el barco, y desapareció varios días por ahí. Finalmente se presentó de pronto con su antigua vestimenta de negro en el camarote de Sir John.

- Antes o después tendré que volver: que sea cuanto antes.

- Muchacho, te llevaré porque es lo acordado, por el dinero, porque me lo dijo Will, y aunque yo no lo quiera hacer… Hay cosas mejores que ser rey, olvídate de esa corte provinciana de víboras y explora la vida. Vuelve a Dinamarca dentro de 20 años, no ahora. Tienes tiempo y el tiempo lo es todo.

Hamlet se lo quedó mirando y negó con la cabeza, y Sir John se dio cuenta de que estaba completamente decidido.

- Como tú quieras. En fin, hay mañanas como cualquier otra, y otras que invitan a eternizar el momento con unas copas, una comida y el placer de una buena conversación. Siéntate conmigo, pediremos a Harry unos cuantos pescados ahumados. Llámame Jack.

Hamlet le sonrió y se sentó con él.

- He observado que no tratamos a nadie como se merece: a veces mejor y a veces peor, pero no como se merece. Un rey me desterró para que no contaminara este país, ¿podrás creerlo? Pero no me quejo, al final me fue bien y este barco me gusta. Por su parte aquel joven tal vez se merecía cosas mejores que reinar este gran estercolero que es Inglaterra.

- ¿Y Will?

- Will me encontró cuando no era más que la sombra de mí mismo y me propuso un trato. No para de escribir en su camarote, se encierra ahí y no sale durante días. A veces parece que sea él quien mantiene este barco a flote sólo con su pensamiento, y que no somos sino los actores de una obra de teatro escrita por él en su imaginación. Se fijó en ti y te ha ayudado diría que movido por la curiosidad, no por interés y mucho menos por altruismo.

Sir John le sirvió más vino del Rin y le contó historias que hicieron reír a Hamlet. Escuchó también al joven con una sonrisa que era la expresión de una elegante tristeza. Luego estuvieron un buen rato en silencio, cada cual con su copa de vino y sus pensamientos, y entonces Hamlet dijo con la mirada perdida en el vacío:

- Si todo está escrito, entonces hagamos para que merezca la pena leerse.

Jack levantó su copa y brindó con él:

- Bravo, muchacho. Que así sea.

Hamlet se va a la proa y se agarra de un cabo. El viento lleva a la nave hacia su destino saltando velozmente sobre las olas plateadas bajo un cielo ceniciento. Se palpa entonces la daga en el cinto que se compró en el mercado de Scarborough.

viernes, 1 de mayo de 2015

Hamlet en Inglaterra. Acto III: Una daga en la niebla.

Hamlet se había distraído todo el día en la feria. Scarborough se convertía un par de semanas en un gran mercado lleno de gente de todas partes que vendía y compraba toda clase de cosas. Buscó algún recuerdo que llevarse, y finalmente se decidió por una daga muy elegante que le atrajo en cuanto la vio. Sopesándola en la mano y mirándola abstraído se dijo a sí mismo:

- ¿Por qué, de todas las cosas de este mercado tan lleno de vida, me quedo contigo? O quizás seas tú la que me vaya a adquirir... Te llevaré en mi cinto, aunque tal vez seas tú la que me arrastre en la dirección en la que apunta tu hoja.

Llevaba ya dos semanas durmiendo en el barco y le dijo a Sir John que quería airearse un poco, de manera que partió a caballo muy temprano por la mañana con la idea de volver al atardecer. Sin embargo había empezado a caer una niebla después del mediodía sobre el pueblo que se fue haciendo cada vez más densa hasta envolverlo todo. Hamlet se alejó del mercado y caminó un buen rato llevando al caballo de la mano hasta un embarcadero solitario, y se sentó en un banco de piedra.

- Llega un momento en el que lo lejano se convierte en pequeño... Dinamarca me parece tan imaginaria como un sueño, en el que lo que sucede a todos deja descontentos al despertar. Me veo a mí mismo allí como si fuese otro, deambulando juvenil e histérico por aquel palacio en el que la corrupción es el estiércol que enriquece una vida que sigue su propio curso más allá de nuestra voluntad e ilusiones. Qué paradoja: tuve que huir a la fuerza para poder salvar mi vida, y perderme para empezar a encontrarme. ¿Cómo saber lo que a uno le conviene cuando lo que quiere...?

Hamlet se interrumpe y se gira para mirar al final del embarcadero a una muchacha acompañada de un tipo con una mula que arrastra un carro. Descargan un voluminoso equipaje para dejarlo en el suelo, y al final ella le da una moneda al hombre, que se gira y parte por donde había venido llevándose al animal con el carro vacío. La muchacha se queda ahí esperando en medio de la niebla, mirando hacia el mar.

- ¿No decíamos que no sabemos de verdad lo que queremos? Miradla envuelta de la niebla frente a un mar vacío: viva imagen de la esperanza y lo desconocido.

La muchacha se gira y ve a Hamlet, y se le acerca a paso rápido.

- Disculpadme señor, ¿habéis visto u oído alguna embarcación recientemente?

A Hamlet le hace gracia la entonación y el acento con la inconfundible erre.

- Sois francesa. No, pero no llevo mucho tiempo.

- Ah. Entonces es que llego pronto. Con esta niebla pierde una la sensación del espacio… Y también del tiempo.

La muchacha gira la cabeza buscando de nuevo alrededor, y Hamlet se fija en la expresión de preocupación y siente una corriente de simpatía.

- La feria atrae también estos días a muchos ladrones. Incluso a piratas. Dejadme que os haga compañía hasta que os vengan a buscar. Vayamos con vuestro equipaje, lleva demasiado rato solo y se podría perder. ¿Habéis venido por la feria?

La muchacha asiente con la cabeza.

- Oui.

En el extremo del embarcadero Hamlet observa entre el montón de cosas una caja medio abierta con potes dentro. La muchacha se da cuenta:

- Confituras. Ésa es de leche caramelizada con vainilla. ¿Lo habéis probado alguna vez?

- No.

- Lo tenéis que probar. Tomad un frasco, os lo regalo. En compensación hablad bien de ella entre los vecinos.

- Haré que se les despierte el apetito y las ganas de comprarlo.

- De eso se trata.

De pronto oyen repicar repetidamente una campana desde el mar, y alguien que grita:

- Noémie!

- Ici! Viens!

- Me vuelvo a Francia. No os preocupéis más por mí. Os agradezco vuestra amabilidad. No me habéis dicho vuestro nombre…

- Hamnet.

Le hace un pequeña reverencia, y se gira para gritar:

- J'arrive!

Hamlet vuelve con su caballo y ve de lejos cómo varios individuos embarcan todas las cosas, y a la muchacha que después de abrazarse a un tipo, se gira y le dice adiós con la mano. Hamlet sonríe y le devuelve el saludo.

jueves, 30 de abril de 2015

Hamlet en Inglaterra. Acto II: Una extraña coincidencia.

Poco antes de la cena Harry el cojo le da la ropa y le muestra el que será su catre. Hamlet tantea con él una conversación, pero descubre que no dice gran cosa:

- No cojeas. Por qué te llaman cojo, Harry.

- Tampoco me llamo Harry. Que yo sepa casi todos los hombres de la tripulación utilizamos un alias y es mejor que así sea. No conviene saber demasiado de nadie. Deberíais buscaros uno.

- Qué te parece Hamnet.

Harry le mira un momento y lo ve allí de pie frente a él con su aspecto noble, se ríe y le dice que está bien, Hamnet, y continúa preparando las cosas. Una vez que todo está en orden se queda pensativo y añade enigmáticamente:

- Una vez cojeé, por eso me llaman cojo.

Harry se encargaba de lo que podríamos llamar la intendencia y el material en el barco. Cuando termina de ayudar a Hamlet se lo lleva al camarote del capitán y cena como estaba previsto con Sir John y Will.

Tres días, tal vez cuatro, y arribarían a los alrededores de Scarborough. Una vez allí se adentrarían en una bahía en donde anclarían y se quedarían de dos a tres semanas para pasar desapercibidos después de los últimos trabajos. La tripulación descansaría en tierra, algunos de ellos tenían familia por ahí; aprovecharían para aprovisionarse para la siguiente expedición y realizarían tareas de mantenimiento en la nave. Y mientras tanto Hamlet tendría tiempo para pensar en sus cosas.

Después de cenar con Sir John y Will sale un rato a cubierta para que le dé el aire. Viste ya con su nuevo atuendo y se queda contemplando el panorama y disfrutando de los sonidos del agua, el crujir de la madera y las voces alegres de la tripulación cenando. Hay algo así como el brillo de la novedad en todo lo que le está pasando que le agrada. El barco ha quedado anclado cerca de alguna costa en una tierra extraña, y se da cuenta de que empieza a sentirse lejos de Elsinor. Embebido en estos pensamientos no nota que Will se le ha acercado y finalmente quedado junto a él mirando en una misma dirección mientras se fuma una pipa de ésas de palo largo.

- ¿Te molesta que te acompañe un rato?

-  En absoluto.

- Ha sido un día largo. ¿Qué tal la cena, te gustó?

- Sí.

- Eres valiente, te has ganado la simpatía de la tripulación. De todos modos te pondrán a prueba en cualquier momento.

- Comprendo.

Will mira al cielo y de nuevo a la costa lejana.

- Todo este aire libre puede resultar demasiado puro para un pensamiento  excesivamente esclavo de las costumbres. El tiempo discurre de otra manera, ¿verdad? Una vez en Scarborough partiré a caballo hacia el sur. Posiblemente no nos volvamos a ver. El capitán cumplirá su palabra: dos hombres irán a Elsinor con tu mensaje y otros dos hacia Noruega para verse con Fortimbrás, mientras ofrecemos al rey de Inglaterra en otra carta un trato ventajoso.  Después te acercará hasta Dinamarca y entonces le deberás pagar, no antes. No querrás que se lo beba y luego no recuerde qué diablos tenía que hacer contigo.

Hamlet sonríe y se fija en el perfil de Will, que mira en dirección hacia la costa. Le da la sensación de que es de esa clase de personas que sabe ocultar perfectamente su pensamiento.

- Espero que te vaya bien por el sur.

- Tengo una deuda pendiente allí. Pero la verdad es que ya no recuerdo si soy el deudor o el acreedor… En cualquier caso creo que después me iré a Londres.

Will vacía la pipa echando los restos al mar, y mientras le da unos golpecitos le dice:

- ¿No te parece que las palabras son en cierto sentido una inesperada coincidencia de letras y de cosas?

Will se queda pensando en sus propias palabras y las repite antes de despedirse de un extrañado Hamlet hasta mañana.

- Sí. Una extraña coincidencia. Buenas noches.

Hamlet le devuelve las buenas noches y Will se aleja de la escena de vuelta al camarote.

miércoles, 29 de abril de 2015

Hamlet en Inglaterra. Prefacio y Acto I: Una salvación inesperada.

Prefacio.

La desafortunada muerte de Polonio obliga a Hamlet a dejar Dinamarca por un tiempo. Su tío Claudio hace que Rosencrantz y Guildenstern lo acompañen y escolten hasta Inglaterra, con una carta en la que secretamente pide al rey de Inglaterra que mate a Hamlet después de leerla No está claro si sus dos amigos de la infancia son conscientes del mensaje que llevan, pero Hamlet descubre la carta y la trampa durante el viaje, y entonces reescribe el mensaje para que sean Rosencrantz y Guildenstern los ejecutados. Durante el viaje por mar son atacados por unos piratas y cae prisionero antes de llegar a Inglaterra. Nos lo cuenta en una carta que hace llegar después por medio de unos hombres a su amigo Horacio:

“Después de leer la carta llevarás estos hombres ante el Rey, para quien les he dado otra carta. Apenas llevábamos dos días de navegación cuando empezó a darnos caza un pirata muy bien armado. Viendo que nuestro navío era poco velero, nos vimos precisados a apelar al valor. Llegamos al abordaje: yo salté el primero en la embarcación enemiga, que al mismo tiempo logró desaferrarse de la nuestra, y por consiguiente me hallé solo y prisionero. Ellos se han portado conmigo como ladrones compasivos; pero ya sabían lo que se hacían, y se lo he pagado muy bien. Haz que el Rey reciba las cartas que le envío, y tú ven a verme con tanta diligencia, como si huyeras de la muerte. Tengo unas cuantas palabras que decirte al oído que te dejarán atónito; bien que todas ellas no serán suficientes para expresar la importancia del caso. Esos buenos hombres te conducirán hasta aquí. Rosencrantz y Guildenstern siguieron su camino a Inglaterra. Mucho tengo que decirte de ellos. Adiós. Tuyo siempre, Hamlet.”

No sabemos cuánto tiempo pasó Hamlet cautivo ni en qué circunstancias, pero quien vuelve a la corte de Elsinor tiempo después parece ya otro hombre. En esta historia que sigue haremos conectar el secreto de ese viaje con el de su autor, William Shakespeare. No sabemos casi nada de él desde su matrimonio en 1582 hasta que empezó a destacar en Londres como dramaturgo en 1592, cerca ya de los 30.


Hamlet en Inglaterra. Acto I: Una salvación inesperada.

Después del episodio del abordaje frustrado Hamlet queda solo en el barco pirata. La tripulación le rodea y se lo queda mirando a una cierta distancia. Hamlet vuelve la cabeza y mira hacia el mar cómo su barco va quedando cada vez más lejos, y entonces deja caer su espada. El capitán, un tipo grueso con expresión burlona, se adelanta y se fija de arriba abajo en ese joven bien vestido, valiente y dotado de ingenio cuando responde.

- Vaya, vaya, mirad qué plumas más elegantes tiene el pajarito que cayó en nuestra jaula. ¿Sabrá cantar?

Hamlet le sonríe y pregunta:

- ¿Sabéis de música, mi señor?

- Lo suficiente para diferenciar un rebuzno en el campo y un laúd de palacio... ¡Will!

Un tipo de aspecto arreglado y ojos inteligentes sale del camarote y se acerca al capitán. Hamlet observa que no se parece a ninguno de la tripulación. El capitán se lo lleva aparte y tienen una pequeña conversación. Luego vuelven y el tal Will se le acerca y le pregunta sin presentarse:

- Quién eres.

- Hamlet, de Dinamarca.

- A dónde ibas.

- A Inglaterra.

-Inglaterra ya no es lo que era… Aunque supongo que nunca nada ha sido lo que antes fue. Vuélvete, allí no hay gran cosa.

Sir John se ríe y Will continúa con su interrogatorio:

- ¿Y por qué te alejabas de Dinamarca?

- Maté a un hombre por equivocación. Tuve que marcharme y me ayudaron a escapar. Luego descubrí que se trataba de una trampa: iban a matarme al llegar a Inglaterra.

- No se nace por error ni se muere por equivocación Pero tenéis razón, el error parece ser la sustancia de esta vida. En fin, te hallas a medio camino entre Dinamarca e Inglaterra, diría que no es una gran elección. Puedes unirte un tiempo a este alegre grupito de ladrones, asesinos, borrachos e inadaptados, y luego decides qué es lo menos malo .

- Procuraré estar a la altura.

Will recoge la espada y se la devuelve:

- Puedes circular libremente por el barco. Esta noche cenarás con Sir John y conmigo y podremos hablar. Dormirás con la tripulación. Quítate esa ropa de palacio que llevas, Harry el cojo te dará una nueva. Trabajarás como los demás y te pagaremos lo justo: te vendrá bien un poco de trabajo honrado. Dentro de 3 días llegaremos a Inglaterra. Una vez allí nos ocultaremos una temporada en un pueblo de la costa.

El capitán Sir John se quita el sombrero y le hace una reverencia bastante cómica a Hamlet, que sonríe mientras se oyen las carcajadas de la tripulación.



Hamlet en Inglaterra. Acto II: Una extraña coincidencia.

Hamlet en Inglaterra. Acto III: Una daga en la niebla.

Hamlet en Inglaterra. Acto IV: Retorno al pasado.

Hamlet en Inglaterra. Acto V: Will se marcha a Londres.

domingo, 4 de enero de 2015

La duodécima noche, o como tú quieras.

Twelfth night or what you will, más conocida aquí como Noche de Reyes, es de lo mejor de Shakespeare. La escribió entre 1601 y 1602, por la misma época que Hamlet, y a pesar de que hace referencia a un par de lecturas previas parece ser que la trama fue concebida y desarrollada por el propio Shakespeare, lo cual no era habitual ya que partía normalmente de historias de otros que más o menos calcaba. Contiene además 4 canciones, más que en ninguna otra obra.

A Shakespeare se le recuerda sobre todo por sus tragedias: Hamlet, Macbeth o King Lear son grandes ejemplos. Sin embargo según mi percepción de las cosas con el tiempo me he dado cuenta de que la comedia refleja mejor la vida que la tragedia. Al final creo que Jack Falstaff es su personaje más rebosante de vida y perdurable, y desde mi punto de vista Noche de Reyes su mejor obra.


Shakespeare se retrató sutilmente en el personaje del bufón que trabaja para la Condesa Olivia. Feste es el personaje más presente en la obra, parece ser el más informado de lo que pasa, tiene licencia para decir todo lo que quiera y apenas se entromete en la acción, llevando una existencia aparte con una cordura secreta en medio de la locura colectiva.

Al final salen todos y se queda él solo cantando sólo medio alegremente el declinar de una vida entre las inclemencias de la lluvia, que le ha dejado una melancolía dentro que lleva con bastante elegancia. Se nos despide hasta la próxima representación.

Esta versión espléndida se salta una estrofa del texto, al que se ha ceñido la traducción.



When that I was and a little tiny boy, (Cuando yo era un niño pequeñín,)
With hey, ho, the wind and the rain, (con el tralarí, tralará, el viento y la lluvia,) A foolish thing was but a toy, (mi loca tontería no era más que un juguete,)
For the rain it raineth every day. (pues la lluvia caía y llovía cada día.)

With hey, ho, the wind and the rain, (Con el tralarí, tralará, el viento y la lluvia,)
For the rain it raineth every day. (pues la lluvia caía y llovía cada día.)

But when I came to man's estate, (Pero cuando a hombre llegué yo,)
With hey, ho, the wind and the rain, (con el tralarí, tralará, el viento y la lluvia,)
'Gainst knaves and thieves men shut their gate, (a los bribones y ladrones cerraron las puertas,)
For the rain, it raineth every day. (pues la lluvia caía y llovía cada día.)

With hey, ho, the wind and the rain, (Con el tralarí, tralará, el viento y la lluvia,)
For the rain it raineth every day. (pues la lluvia caía y llovía cada día.)

But when I came, alas! to wive, (Pero cuando ¡ay! con mujer desposé,)
With hey, ho, the wind and the rain, (con el tralarí, tralará, el viento y la lluvia,)
By swaggering could I never thrive, (por soberbia y comodidad nunca prosperé,)
For the rain, it raineth every day. (pues la lluvia caía y llovía cada día.)

With hey, ho, the wind and the rain, (Con el tralarí, tralará, el viento y la lluvia,)
And the rain it raineth every day. (y la lluvia caía y llovía cada día.)

But when I came unto my beds, (Y pasó el tiempo de lecho en lecho,)
With hey, ho, the wind and the rain, (con el tralarí, tralará, el viento y la lluvia,)
With toss-pots still had drunken heads, (y bebiendo y ebrio se me fue pasando,)
For the rain, it raineth every day. (y la lluvia caía y siempre llovía.)

With hey, ho, the wind and the rain, (Con el tralarí, tralará, el viento y la lluvia,)
And the rain it raineth every day. (pues la lluvia caía y llovía cada día.)

Long long ago the world begun, (Hace ya mucho que el mundo empezó,)
With hey, ho, the wind and the rain. (con el tralarí, tralará, el viento y la lluvia,)
But that's all one, our play is done, (y ahora ya está, la función terminó,)
And we'll strive to please you every day. (y ojalá les agrade tanto cada día.)

With hey, ho, the wind and the rain, (Con el tralarí, tralará, el viento y la lluvia,)
For the rain it raineth every day. (pues la lluvia caía y llovía cada día.)