lunes, 6 de noviembre de 2017

Retrato de Vivaldi: un cuento. 3er movimiento: el jilguero y la aurora.

Vivaldi se puso cómodo en su bata, con sus zapatillas y sin la peluca, y se preparó un chocolate caliente.  A solas y a sus anchas en la casa, se sentó junto a la ventana abierta que dejaba entrar la agradable y fresca brisa del principio del otoño, y se tomo el chocolate mirando hacia el exterior. Detrás de él, en la mesita junto al sillón, las cartas pendientes de corresponder: un litigio interminable respecto de una reclamación económica de una ópera, cartas de Roma y de Mantua, contrato en Florencia para Enero, cartas de París y Amsterdam, próximo viaje a Praga y Viena…

Qué tipo espectacular, mi viejo. Solidario y generoso para con los suyos, y con un talento extraordinario para el violín: yo soy su continuación. Aunque yo sea ahora el centro de gravedad de esta familia, todo lo que he conseguido procede de él, lo sembró él y lo cuidó amorosamente para que creciese. Sólo la bondad da frutos. Si él hubiese sido un tipo egoísta, todo hubiera terminado en sí mismo y a la postre, en nada. ¿Seré yo así de egoísta? Él fue el primer músico de la familia, y todo parece indicar que yo seré el último: no tengo y no creo que vaya a tener descendencia, y por lo tanto me veré privado de lo que es sentir el amor por un hijo o una hija.

El jilguero empezaba a brincar en su jaula, y Vivaldi se acercó y metió un dedo entre los barrotes.

- Espera, te traigo un trozo de manzana.

Buscó la más hermosa en la cocina, y volvió para encajar un trozo entre los barrotes. El pajarito esperó a que Vivaldi se alejara para acercarse a la manzana y empezar a picotearla, mientras él mordisqueaba el resto.

La música mana de ti naturalmente y cantas porque tienes que cantar, la cosa es así de simple, y con el canto os conectáis todos vosotros. Tal vez las personas hagan lo mismo. ¿Qué son las palabras? Ruidos articulados, que emitimos y escuchamos asociados a acciones concretas. Una música de fondo mueve la gente por las calles y puentes de esta ciudad, y las góndolas y las embarcaciones por los canales, con su propio ritmo y sus sonidos, con sus melodías y la profundidad de sus armonías.

Se quedó pensando un momento y fue a por su breviario. Buscó el Padre nuestro y lo leyó. Qué perfecta oración: no se puede sintetizar mejor, y establece una conexión directa y personal con nuestro creador. Se trata de un recitativo, habría que acentuar solamente su musicalidad, lo haríamos para coro, y de fondo una armonía con un sonido delicado, divino, como si lo dictara el mismo espíritu santo. Se sentó al teclado dándole vueltas a la idea. Luego tomó el violín y fue improvisando. Bueno, ya veremos.

Se levantó y se fue a mirar el cuadro. Supongo que en el fondo quiero que me vean, que reparen en mí. Que me quieran tal como soy. Anna tiene razón, este muchacho se fija en todo.

El jilguero se puso a cantar, alegre y silvestre, alargando el cuello y forzando su gargantita para hacer sonar el aire que salía prodigiosamente de sus mínimos pulmones. Vivaldi dejó de mirar el cuadro y se puso a escucharlo con los ojos cerrados, tratando de comprender su canto. Abrió los ojos y miró el pajarito. Estaba a punto de amanecer. Tu canto es puro y lleno de vitalidad. Mi pequeña cabecita roja, será mejor que me acueste un rato.

Cerró las persianas y se acomodó en la cama. Pensó de nuevo en el padre nuestro y lo recitó para su interior. Ha sido una noche de lo más extraña… Cerró lo ojos y esperó el sueño. Me llamó Antonio... Al cabo de un rato los abrió y se fijó en la luz que dejaban colar las persianas. El sol había salido ya. Me voy a levantar, hoy tenemos muchas cosas que hacer.

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