sábado, 2 de diciembre de 2017

¿Dónde está mi mente?

Yo ahora mismo no estoy aquí escribiendo todo esto mientras tú lo lees. Lo mismo que tú tampoco estabas ahí mientras yo lo escribía. Y cuando lo leas, suponiendo que alguien lo lea, no sé adónde voy a estar. Quizás ni siquiera esté. Tú tampoco sabes en qué lugar andarás, ni si estarás en alguna parte o qué.




Ooh, stop (Uuuuuuh… ¡Detente!)
With your feet in the air and your head on the ground (Con tus pies en el aire y tu cabeza en el suelo)
Try this trick and spin it, yeah (Intenta este truco y dale vueltas, sí)
Your head will collapse (Tu cabeza colapsará)
But there's nothing in it (Pero no hay nada en ella)
And you'll ask yourself (Y entonces te preguntarás)

Where is my mind? (¿Dónde está mi mente?)
Where is my mind? (¿Dónde está mi mente?)
Where is my mind? (¿Dónde está mi mente?)
Where is my mind? (¿Dónde está mi mente?)
Way out in the water (Alejado en el agua)
See it swimmin' (Mírala cómo nada)

I was swimmin' in the Caribbean (Estaba nadando en el Mar Caribe)
Animals were hiding behind the rock (Animales se ocultaban tras una roca)
Except the little fish (Excepto el pequeño pez)
But they told me, he swears (Pero me dijeron, lo jura)
Tryin' to talk to me koi koy (Tratando de hablarme, koi koi)

Where is my mind? (¿Dónde está mi mente?)
Where is my mind? (¿Dónde está mi mente?)
Where is my mind? (¿Dónde está mi mente?)
Where is my mind? (¿Dónde está mi mente?)
Way out in the water (Alejada en el agua)
See it swimmin' (Mírala cómo nada)

With your feet in the air and your head on the ground (Con tus pies en el aire y tu cabeza en el suelo)
Try this trick and spin it, yeah (Intenta este truco y dale vueltas, sí)
Your head will collapse (Tu cabeza colapsará)
But there's nothing in it (Pero no hay nada en ella)
And you'll ask yourself (Y entonces te preguntarás)

Where is my mind? (¿Dónde está mi mente?)
Where is my mind? (¿Dónde está mi mente?)
Where is my mind? (¿Dónde está mi mente?)
Where is my mind? (¿Dónde está mi mente?)
Way out in the water (Alejada en el agua)
See it swimmin' (Mírala cómo nada)

Ooh (Uuuuuhh…)
With your feet in the air and your head on the ground (Con tus pies en el aire y tu cabeza en el suelo)
Ooh (Uuuuuhh…)
Try this trick and spin it, yeah (Intenta este truco y dale vueltas, sí)
Ooh (Uuuuuhh…)
Ooh (Uuuuuhh…)

domingo, 19 de noviembre de 2017

El corazón de Chopin.

Cuando las personas conviven a lo largo del tiempo, compartiendo las mismas palabras para referirse a vivencias y experiencias comunes, en un determinado territorio, se da eso que llamamos un pueblo, una cultura o incluso una nación. Polonia en tiempos de Chopin estaba bajo el dominio y la ley del imperio ruso; y ese sometimiento a la fuerza no anulaba su sensación de ser polacos, sino que la aumentaba. La música de Chopin está ligada indisolublemente a su tierra natal. Pero también conecta al mismo tiempo con todas las culturas del mundo, y su popularidad es universal.

La salud de Chopin empeoró gravemente a principios de 1849. Fue cesando en sus actividades mientras su vida iba menguando. En verano llegó a un punto crítico, y se presentía que la muerte lo acechaba: los conocidos que lo visitaban en su apartamento de la plaza Vendôme de París, salían con la sensación de que aquella iba a ser la última vez que lo verían con vida. Su hermana Ludowika partió de Varsovia con su familia en junio para ir junto a Fryderyk.

Antoni Jędrzejewicz, sobrino de Chopin, contó que cuando su madre Ludowika llegó lo encontró muy mal. Chopin sentía fobia a ser enterrado vivo, y a veces hablaban de lo que sucedería a su cuerpo en la tumba. Le dijo a Ludowika que le gustaría descansar en el cementerio de Powązki, cerca de Varsovia, junto a su hermana Emilia y cerca de su padre. Pero, sabiendo que no iba a ser posible transportarlo hasta allí, le pidió que al menos llevase su corazón. Mientras que su cuerpo descansaría en el parisino cementerio de Père Lachaisse, cerca de su admirado Bellini.

Después de transmitir sus últimos deseos, el 17 de octubre a las dos de la madrugada moría en su cama consecuencia, según el dictamen médico, de la tuberculosis que padecía. Tenía 39 años. Para su funeral pidió el Réquiem de Mozart, y mientras le enterraban interpretaron su célebre marcha fúnebre. Su compatriota Cyprian Kamil Norwid, también emigrado en París, le dedicó las siguientes palabras: “De Varsovia por nacimiento, polaco de corazón y ciudadano del mundo por su talento”.

Un par de meses después, Ludowika emprendía el viaje de vuelta a Varsovia con su familia y un secreto oculto debajo de su vestido, mientras cruzaba nerviosa la frontera austríaca y luego la rusa: en un frasco de cristal llevaba embalsamado en alcohol, probablemente cognac, el corazón de su hermano, para que pudiese descansar en su tierra natal. En Varsovia, lo llevó a la Iglesia de la Santa Cruz, cerca del último apartamento que había ocupado Fryderyk en aquella ciudad. Los curas expresaron su recelo respecto de aceptar el corazón de Chopin, al fin y al cabo el compositor no había sido nunca un ejemplo para la Iglesia. Sin embargo decidieron aceptarlo y en marzo de 1879 le encontraron un lugar. Una pequeña comitiva acompañaba al corazón en silencio y con discreción aquella tarde: el zar Nicolás I había prohibido la música de Chopin porque causaba incómodos sentimientos patrióticos entre los polacos, así que existía el riesgo de que las autoridades zaristas requisaran la urna con el corazón si daban con él. Schumann dijo que en la música de Chopin habían cañones ocultos entre las flores.

Un año después su hermana financió con diversas ayudas la escultura en mármol de Carrara que iba a acompañar al corazón, con la siguiente cita del evangelio de Mateo: “Allá donde esté tu tesoro, estará tu corazón”.

Como cualquier corazón, el de Chopin alternaba sus buenos y malos momentos, sus alegrías y sus tristezas, con todas sus transiciones y matices. Quizás incluso se aburriese en ocasiones. En 1863 los polacos se sublevaron junto a los lituanos contra la ocupación rusa: como represalia por el intento de asesinato del gobernador ruso de Polonia, soldados rusos defenestraron desde un segundo piso el piano de Chopin: el estruendo del piano rompiéndose contra el suelo, con el sonido absurdo y disonante de las cuerdas, le debió dejar un mal sabor. Por otra parte, se llevaría una alegría cuando se proclamó la independencia de Polonia en 1918.

Después del tratado de Versalles, Polonia se anexionó territorios alemanes, mientras que en sus fronteras orientales los ucranianos pretendían independizarse como república. Europa, después del final de la Gran Guerra, seguía siendo un problema de potencias en expansión sin solucionar. El 1 de septiembre de 1939 Alemania cruzaba la frontera polaca e invadía rápidamente el país con sus panzerdivisionen: Inglaterra y luego Francia declararon la guerra a Alemania. Mientras tanto los rusos atacaban por el Este para invadir también territorio polaco, previo pacto con los alemanes. En octubre el gobierno polaco se rendía ante la ofensiva alemana, que ocuparía Varsovia hasta el final de la guerra.

Los alemanes cerraron el Instituto Chopin y secuestraron sus manuscritos. Hicieron volar el monumento dedicado a su memoria en el parque Łazienki y prohibieron la ejecución de su música. Sin embargo su corazón siguió latiendo secretamente: su música se interpretaba en conciertos clandestinos que se seguían celebrando en casas particulares.

Nadie en Varsovia pudo haberse imaginado al principio a qué extremos de barbarie llegarían los alemanes durante la ocupación con su premeditado plan de germanizar Polonia: el gueto para los judíos entró en funcionamiento inmediatamente después de la invasión; montones de fusilamientos diarios e indiscriminados de población civil se convirtieron en una práctica habitual; destruyeron concienzudamente cualquier expresión de la cultura polaca; desplazaron en misteriosos trenes a la población que no consideraban germanizable; Treblinka estaba a 100 km de Varsovia y Auschwitz sólo a 300. Había en todo aquello una desproporción inhumana, todo lo que sucedía resultaba difícil de creer y de explicar. Incluso hoy en día.

El 19 de abril de 1943 se rebelaban los judíos del gueto: aguantaron un mes el ataque del ejército alemán hasta ser aplastados. El 1 de agosto de 1944 estallaba el levantamiento de Varsovia. Las calles y edificios de la ciudad se convirtieron en un sangriento campo de batalla. Durante el combate los alemanes tomaron la Iglesia de la Santa Cruz. El periodista Andrzej Pettyn, ha documentado lo sucedido durante aquellos días y entrevistó al Padre Alojzy Niedziela, que fue testigo de lo que entonces sucedió: los alemanes descubrieron la urna con el corazón y se ofrecieron, con su propio capellán, para llevarlo a un sitio seguro y protegerlo. Los párrocos polacos accedieron al cabo de un par de días.

El comandante de las SS Heinz Reinefarth confirmó, años después de que terminara la guerra, que sus hombres encontraron, tras un enfrentamiento con los milicianos polacos junto a la Iglesia, la urna con el corazón en una caja de cuero. Se la llevaron y la dejaron en su cama. Contactó con el general de las SS Erich von dem Bach, que a su vez llamó al arzobispo de Varsovia para averiguar a quién correspondía la reliquia. Reinefarth, amante de la música, abrió la caja y descubrió que se trataba del corazón de Chopin.

Von dem Bach, consciente de que la guerra no iba bien, aprovechó la ocasión para intentar limpiar su imagen ante los polacos. Organizó una especie de evento propagandístico con una puesta en escena adornada de grandes banderas rojas y esvásticas negras, con focos y cámaras de cine que pudiesen captar el momento en el que los alemanes devolviesen, con toda solemnidad, el corazón de Chopin en una urna de madera a Su Excelencia el Padre Antoni Szlagowski, administrador de la archidiócesis de Varsovia, en presencia de diversas autoridades. Un oficial superior de von dem Bach se acercó al anciano Szlagowski, para entregarle la urna con el corazón acompañándose del siguiente discurso:

"En esta guerra, el Gran Reich siempre ha hecho todo lo que está en su poder para proteger de la destrucción, los más valiosos bienes de la cultura de la humanidad para las generaciones futuras. Un soldado alemán en el Este defiende la antigua cultura cristiana de la extinción y la barbarie ... Yo, por orden del Obergruppenführer y General von dem Bach, le hago entrega del ataúd con el corazón de Chopin, encontrado por nuestros soldados ".

Un inesperado accidente provocó que las luces se apagaran de repente, y se impidiese la filmación de la entrega de la urna.

El arzobispo regresó con el corazón a Milanówka y, preocupado por que los alemanes cambiaran de opinión y quisieran recuperarlo de nuevo, lo trasladó en secreto a una casa particular durante un tiempo. Luego le hicieron una bonita caja de madera que lo contuviese en su frasco de cristal.

El ejército alemán comandado por Von Den Bach fue desbastador con el levantamiento de Varsovia: masacraron a los milicianos y a la población civil, con un balance de al menos 200 mil muertos, incluyendo la atroz matanza de Wola. Destruyó sistemáticamente con la artillería y los bombardeos de la Luftwaffe la ciudad siguiendo las instrucciones de Himmler: parecía que quisieran hacerla desaparecer de la faz de la tierra y de la memoria de las personas. Varsovia se había convertido en una especie de fantasmagórico y apocalíptico escenario vacío de vida.

Después de la rendición alemana, en Mayo de 1945 decidieron verificar el estado del corazón y desmontaron la urna de madera con todas sus protecciones. Comprobaron que se hallaba en perfecto estado de conservación, y se sorprendieron de su tamaño: se trataba de un corazón anormalmente grande, más si consideramos que Chopin medía apenas metro setenta y pesaba unos 40 kilos por entonces. En el 96 aniversario de su muerte, el 17 de octubre de ese mismo año, el corazón volvería a Varsovia, pasando por su pueblo natal Zelazowa Wola, en lo que se convertiría en un gran acontecimiento nacional. La gente salía a las ventanas adornadas con banderas rojas y blancas para ver pasar el coche que lo transportaría hasta la Iglesia de la Santa Cruz, mientras filas de personas flanqueaban las carreteras y las calles, con la cabeza inclinada y en silencio, con una emoción difícil de definir al ver que el corazón con su urna volvía por fin a su lugar en una Polonia que acaba de sufrir el peor episodio de su historia: casi siete millones de polacos, principalmente civiles, habían muerto durante la ocupación alemana. Un carro cargado con flores seguía al corazón, y de vez en cuando se le acercaba alguien para dejar también las suyas.

Cuando lo depositaron por fin de vuelta en su lugar de la Iglesia de la Santa Cruz, en presencia de todas las autoridades, el profesor Henryk Sztompka interpretó mazurcas de Chopin, el nocturno en do sostenido menor, y la polonesa en La bemol mayor.

Una vez acabada la guerra comenzó un nuevo reparto del mundo, y la URSS se anexionó parte del territorio polaco, mientras que por el otro lado una franja de Alemania pasaba a ser polaca. El gobierno polaco en el exilio durante la ocupación alemana, no iba a poder volver y tendría que seguir en el exilio durante unas cuantas décadas más: la república de Polonia pasó a formar parte de un imperio soviético represivo en grado extremo, envuelto de una propaganda omnipresente que pretendía justificar su modelo de vida, así como desactivar cualquier sentimiento nacional polaco. Una vez más, el corazón de Chopin iba a tener que seguir latiendo dolorosamente en los tiempos adversos que iban a seguir.

La estatua del parque Łazienki en memoria de Chopin, que habían echo volar los alemanes, fue reconstruida en 1958. Y cuando las personas no saben o no pueden cambiar las cosas, se encarga de hacerlo el tiempo a su manera. Los 60 y los 70 dieron lugar a los años 80: el sindicato Solidaridad, apoyado por la iglesia católica, la opinión general y el respaldo internacional, condujo al país hacia la democracia y su occidentalización mientras el imperio soviético comenzaba a desmoronarse. En el 2004 Polonia ingresaba en la Unión Europea, conservando su moneda.

En el 2008 un grupo de científicos propuso analizar el ADN del corazón de Chopin, y verificar la auténtica causa de su muerte: la teoría era que no había muerto directamente de la tuberculosis que padecía, sino de fibrosis quística y una pericarditis que explicaría el gran tamaño de su corazón. El gobierno polaco decidió rechazar la petición y dejar descansar al corazón, que había sufrido más de lo que cualquier corazón puede aguantar durante sus 160 años de vicisitudes.

El nocturno en do menor tiene tres partes: la primera contiene frases inspiradas por algún tipo de desánimo, que terminan cayendo hacia abajo en sus últimas notas como llevándolas hacia la nada. Entonces viene un momento reflexivo, seguido de una reacción emocional de afirmación que se llena de vitalidad y fuerza, sobre la que construye una tercera parte esperanzadora y dolorosa al mismo tiempo, con un ritmo que late y una melodía que ata los cabos sueltos del principio, cerrando con un pensamiento final. La naturaleza del tono menor da la sensación al escucharla de que nos falta algo, simplemente porque entre la primera nota de la escala y la tercera hay un semitono menos que en una mayor. Hay en el fondo de todo esto un sentimiento de pérdida. Interpreta Artur Rubinstein. Las imágenes proceden del archivo fotográfico del Museo del Levantamiento de Varsovia.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Retrato de Vivaldi: un cuento. 3er movimiento: el petirrojo y la aurora.

Vivaldi se puso cómodo en su bata, con sus zapatillas y sin la peluca, y se preparó un chocolate caliente.  A solas y a sus anchas en la casa, se sentó junto a la ventana abierta que dejaba entrar la agradable y fresca brisa del principio del otoño, y se tomo el chocolate mirando hacia el exterior. Detrás de él, en la mesita junto al sillón, las cartas pendientes de corresponder: un litigio interminable respecto de una reclamación económica de una ópera, cartas de Roma y de Mantua, contrato en Florencia para Enero, cartas de París y Amsterdam, próximo viaje a Praga y Viena…

Qué tipo espectacular, mi viejo. Solidario y generoso para con los suyos, y con un talento extraordinario para el violín: yo soy su continuación. Aunque yo sea ahora el centro de gravedad de esta familia, todo lo que he conseguido procede de él, lo sembró él y lo cuidó amorosamente para que creciese. Sólo la bondad da frutos. Si él hubiese sido un tipo egoísta, todo hubiera terminado en sí mismo y a la postre, en nada. ¿Seré yo así de egoísta? Él fue el primer músico de la familia, y todo parece indicar que yo seré el último: no tengo y no creo que vaya a tener descendencia, y por lo tanto me veré privado de lo que es sentir el amor por un hijo o una hija.

El petirrojo empezaba a brincar en su jaula, y Vivaldi se acercó y metió un dedo entre los barrotes.

- Espera, te traigo un trozo de manzana.

Buscó la más hermosa en la cocina, y volvió para encajar un trozo entre los barrotes. El pajarito esperó a que Vivaldi se alejara para acercarse a la manzana y empezar a picotearla, mientras él mordisqueaba el resto.

La música mana de ti naturalmente y cantas porque tienes que cantar, la cosa es así de simple, y con el canto os conectáis todos vosotros. Tal vez las personas hagan lo mismo. ¿Qué son las palabras? Ruidos articulados, que emitimos y escuchamos asociados a acciones concretas. Una música de fondo mueve la gente por las calles y puentes de esta ciudad, y las góndolas y las embarcaciones por los canales, con su propio ritmo y sus sonidos, con sus melodías y la profundidad de sus armonías.

Se quedó pensando un momento y fue a por su breviario. Buscó el Padre nuestro y lo leyó. Qué perfecta oración: no se puede sintetizar mejor, y establece una conexión directa y personal con nuestro creador. Se trata de un recitativo, habría que acentuar solamente su musicalidad, lo haríamos para coro, y de fondo una armonía con un sonido delicado, divino, como si lo dictara el mismo espíritu santo. Se sentó al teclado dándole vueltas a la idea. Luego tomó el violín y fue improvisando. Bueno, ya veremos.

Se levantó y se fue a mirar el cuadro. Supongo que en el fondo quiero que me vean, que reparen en mí. Que me quieran tal como soy. Anna tiene razón, este muchacho se fija en todo.

El jilguero se puso a cantar, alegre y silvestre, alargando el cuello y forzando su gargantita para hacer sonar el aire que salía prodigiosamente de sus mínimos pulmones. Vivaldi dejó de mirar el cuadro y se puso a escucharlo con los ojos cerrados, tratando de comprender su canto. Abrió los ojos y miró el pajarito. Estaba a punto de amanecer. Tu canto es puro y lleno de vitalidad. Mi pequeña cabecita roja, será mejor que me acueste un rato.

Cerró las persianas y se acomodó en la cama. Pensó de nuevo en el padre nuestro y lo recitó para su interior. Ha sido una noche de lo más extraña… Cerró lo ojos y esperó el sueño. Me llamó Antonio... Al cabo de un rato los abrió y se fijó en la luz que dejaban colar las persianas. El sol había salido ya. Me voy a levantar, hoy tenemos muchas cosas que hacer.

Retrato de Vivaldi: un cuento. 2º movimiento: un paseo nocturno.

Anna iba sentada en la góndola mientras Vivaldi, de pie, echaba un vistazo a su reloj y miraba después hacia delante pensando en sus cosas. Llegaron al otro lado y callejearon un rato, ella del brazo de él durante un momento, hasta llegar a la casa.

- La luz de arriba está encendida. Es la habitación de Paolina. Mañana vendremos las dos por la mañana, ¿os parece bien?

- Mañana por la tarde llegarán mi padre y mis hermanas de Brescia, y la casa será un jaleo. Por la mañana está bien.

Anna estaba nerviosa con el estreno de noviembre. Le tomó las manos para despedirse y finalmente se giró para dirigirse a la casa. La vio entrar, cerrar la puerta y esperó un momento para que pudiese llegar a su habitación. Su hermanastra Paolina descorrió las cortinas para mirar y él saludó con la mano. Anna apareció junto a Paolina y las dos correspondieron el saludo. Luego decidió ir caminando dando un largo rodeo tranquilamente hasta su casa.

De vez en cuando aprovechaba para dar un paseo solo de noche. A sus cuarenta y tantos años la conciencia de envejecer le empezaba a visitar con más frecuencia de la que hubiese deseado. Una muchacha de 17 años como Anna podríamos decir que despertaba su imaginación; aunque sabía que el tiempo y las circunstancias sólo podrían distanciarlo de ella: el tiempo, que nos aproxima querámoslo o no hacia el cementerio, lúgubre antesala de la inmortalidad. Lo que vemos de la luna es el reflejo de un día oculto en otra parte: subió a un puente sobre el gran canal y miró los reflejos de la ciudad en el agua. Luego se fijó en la oscuridad del cielo y sus estrellas. La noche nos da un respiro a los trabajos del día. Quizás todos estemos soñando de alguna manera en este momento…

Siguió caminando hasta llegar a un pequeño puente: un poco más allá una mujer enmascarada parecía estar buscando con la mirada algo o a alguien, y entonces dio con él. Tenía que pasar por donde ella estaba, y mientas lo hacía la mujer le dijo:

- No os conviene estar aquí ahora mismo, venid conmigo.

Se escondieron dando un par de pasos atrás en un rincón oscuro. Un grupo de hombres y mujeres enmascarados venía armando bullicio con botellas en la mano y alegría en sus venas por una callejuela, sin alcanzar a ver a otro grupo armado de la policía que se dirigía hacia ellos por una calle adyacente.

- Ya llegan esos brutos de la policía. Poneos esta máscara y seguidme.

La mujer tomó de la mano a Vivaldi, que se dejó llevar a paso rápido zigzagueando por unas callejuelas hasta meterse en una casa en la que había una fiesta de carnaval.

- Señora, dadme un respiro. ¿Me podéis explicar qué sucede?

- Ibais directamente a que os detuviesen con ese grupo. Mezclémonos con la gente de la fiesta y dentro de un rato nos vamos afuera otra vez. ¿De qué os conozco?

- Vamos los dos enmascarados, ¿cómo puedo saberlo?

Se quitaron las máscaras y se miraron hasta que ella se dio cuenta.

- Sois el prete rosso. Os he visto tocar el violín en varios conciertos, y también dirigiendo en el San Angelo. Estoy casada con el signor M, vos lo conocéis.

M era lo que se podría llamar un tipo importante en la sociedad veneciana. Se volvieron a poner las máscaras y ella se paseó del brazo de Vivaldi entre los diversos corros de gente, con sus variadas y animadas conversaciones, mientras una pequeña orquesta hacía sonar música de baile. Fueron cruzando la sala hasta que un tipo se quedó mirando a la acompañante de Vivaldi:

- Sois vos ¿Qué hacéis aquí? Pensé que iríais al casino con C.

- Cambié de opinión.

Y se agarró más fuerte del brazo de Vivaldi.

- Ya veo.

Pasaron de largo un par de salas dirigiéndose hacia la salida de atrás, y sigilosamente cruzaron la puerta y se perdieron por entre las callejuelas.

- Vayamos hacia el canal. Me quedé sin pareja esta noche y os encontré a vos. Acompañadme hasta cerca del palacio, os lo ruego.

- Vayamos por ahí. ¿Qué hacíais en el puente entonces?

- Han detenido a un amigo por espionaje. Realmente no sé de qué va el asunto, no tengo ni idea. Se supone que tenía que estar con aquel grupo que hemos visto antes para ir después a la casa de juego. Recibí una nota anónima para que no fuese, pero estaba cerca y fui a ver. No parecéis un cura.

- Pues lo soy. Es mejor evitar cualquier relación con el tribunal que ha enviado a esa policía. ¿tenéis la nota?

- La rompí.

- Deberíais haberla guardado. Ahora da igual. ¿Vuestro marido está al corriente?

- No lo sé.

- ¿Es posible que él esté detrás de todo esto?

Ella se encogió de hombros.

- Supongo que sí.

- Pues tenéis que hablar con él.

- La verdad es que no me apetece; pero tenéis razón, no podemos darnos la espalda todo el rato. Os agradezco el consejo.

- Quizás en su caso yo hubiese hecho lo mismo.

Vivaldi le sonrió, y ella le correspondió con una elegante y graciosa reverencia.

- Sois un tipo extraño. Y muy persuasivo. Me gustaría poder hacer algo por vos.

- Si tuvieseis previsto algún concierto privado en este mes de octubre, por favor tenedme en cuenta. Os anoto mi dirección. Vos o vuestro marido pueden enviarme una carta y yo les contestaré al momento. Apenas salgo de casa, tengo un problema respiratorio que me lo impide.

- Tampoco parece que tengáis un problema respiratorio.

- Lo tengo. Vayamos, os acompaño.

Cerca ya de su palacio se despidieron. La vio acercase a la puerta y continuó con su paseo nocturno.

Al doblar una esquina vio a un aristócrata que conocía del consejo de administración del Ospedalle, junto a dos individuos de aspecto sospechoso. Los tres se giraron y lo miraron. ¿Qué estarán esperando aquí a las tantas de la noche? No me habrá reconocido con la capa y la máscara. Entonces se giró para evitarlos y volverse por dónde había venido.

- ¡Esperad!

Se detuvo y sintió miedo, y entonces se giró.

- ¿Vivís por aquí? Estamos buscando a…

El aristócrata se acercó un poco más y se fijó en el hoyuelo de la barbilla del enmascarado.

- ¿Os conozco?

Vivaldi se quitó la máscara.

- No podía dormir y salí a dar un paseo.

- ¿Qué hacéis con máscara? ¿No me digáis que vais a jugar?

- Nunca juego. Sólo paseaba tranquilamente. Me va bien para la salud.

- Vivaldi, no deberíais estar aquí. Marchaos por donde habéis venido. Recordad que no nos hemos visto.

Vivaldi asintió, se colocó de nuevo la máscara, y antes de irse no pudo evitar preguntar:

- Disculpadme, pero ya que estamos aquí, ¿habéis decidido ya acerca de la compra de los conciertos para este año?

- Vivaldi, creedme, no es el momento. Pasado mañana venid a la Pietà y arreglamos de una vez el asunto con los otros administradores y el maestro de coro.

Se colocó de nuevo la máscara, saludó con el sombrero, y sin más preámbulo se fue a paso rápido por dónde vio que podría salir lo más rápidamente de aquella inesperada coincidencia.

Caminando a paso lento y solitario junto al gran canal fue hasta el Teatro San Angelo. No es lo mismo escribir música, tocarla y dirigirla, que hacer de empresario organizando semejante maquinaria de contratos, decorados, cantantes, músicos, finanzas y todo lo demás. Parece un circo.

Un individuo enmascarado venía por el otro lado  maldiciendo. Vivaldi se apartó para pasar desapercibido, pero el hombre reparó en él y se lo quedó mirando a media distancia.

- ¡Esperad!

Reanudó el paso decidido hacia él. Llegó, se quitó el sombrero y la máscara. Se trataba de un joven bien educado y de buen aspecto.

- Disculpadme, ¿podríais prestarme dinero? Mañana por la mañana os lo devuelvo sin falta.

Al joven le incomodó la mirada de Vivaldi mientras sostenía la bolsa en su mano ofreciéndole el dinero:

- Contadlo vos mismo.

- Guardadlo, no lo quiero. Será mejor que no juegue más esta noche. Acabo de perder a las cartas una suma considerable. No sé cómo lo han hecho, pero estoy seguro de que aquel tipo estaba compinchado con el de la banca. Y luego la muchacha me distraía todo el rato con sus sonrisas, sus miradas y su escote… Ahora mismo se deben estar riendo de mí mientras se reparten el dinero. Me da rabia...

- Mirad el lado positivo.

- Qué lado positivo.

- No lo consideréis como si os hubiesen quitado algo, sino más bien como una oportunidad para valorar mejor una serie de cosas. Si la verdad es desengaño, aceptadla como tal porque os está abriendo una puerta.

 - Sois un optimista... Ya me acuerdo de vos, os he visto en un concierto en la embajada francesa. Y también con la orquesta en San Marco. Sois el cura pelirrojo.

- Esta noche mi fama me precede. ¿La embajada francesa?

- Trabajo ahí.

- No tenéis acento francés. Cuál es vuestro trabajo.

- Mi madre es genovesa. Ayudo en la oficina comercial.

- Vaya. Acabo de vender recientemente unos conciertos al rey de Francia. Veréis, tengo un problema, por motivos de salud apenas puedo salir de casa, y me veo muy limitado para poder viajar por Europa y publicar y vender mis conciertos en diversas capitales. ¿No habría alguna manera de distribuirlos en Francia a través de vuestra oficina comercial de la embajada?

- ¿El rey de Francia?

- Luis XV. Sí, una cantata y varios conciertos.

- Tendría que averiguar.

- Por supuesto. Ahora será mejor que me vuelva a casa, me siento terriblemente cansado. Averiguad y venid a verme al San Angelo, el teatro que tenemos detrás, y preguntad por el prete rosso.

- ¿Queréis que os ayude a ir a algún sitio o...?

- No, tomaré una góndola ahí.

Se despidieron con mucha educación y entonces Vivaldi dio por terminada la noche. Se dirigió hacia el Rialto, que quedaba ahí al lado, y se sentó en unos escalones. Se puso cómodo, sacó su cuaderno y anotó una serie de comentarios junto a varias melodías con su acompañamiento. Iba a efectuar un par de modificaciones en las arias de Anna, habría que revisar el libreto en esas partes. Bostezó, guardó el cuaderno, se abrigó bien y se reclinó contra el muro. Con los ojos cerrados oyó a un gondolero cantar en voz baja unos versos de una de sus óperas. Toda la ciudad tararea una canción. Se encontraba en un estrambótico palacio increíblemente grande y deslumbrante repleto de gente por todas partes, vestida exageradamente con pelucas, máscaras y toda clase de sombreros, y una orquesta de muchachas virginales tocando un concierto ante una fila de enmascarados que las miraban fíjamente, mientras varios monos, loros y un rinoceronte pasaban por ahí entre la gente. Unos tipos con turbante y con aire de ser importantes hablaban con el Dux y el consejo, ajenos a todo. De ahí pasó a habitaciones más humildes y extrañas invadidas de penumbra. Una enmascarada le sonríe y se aleja con paso ágil, girando la cabeza para comprobar que la está siguiendo. No puede evitar avanzar entre esa gente extraña buscando a la mujer, yendo de habitación en habitación hasta llegar a una casi a oscuras, y con voces de fondo diciendo cosas en voz baja que no podía entender. Se detiene y escucha en su oído la voz de la enmascarada, no sabe lo que dice pero siente al cálido aliento en su oreja. Cierra los ojos y se deja llevar por ella, que lo acoge entre sus brazos amorosamente: Antonio…

Y entonces se despertó. Miró el reloj, dentro de poco empezaría a clarear. Era costumbre que quienes habían pasado la noche de fiesta, la terminaran de mañana temprano paseando junto al puente Rialto, acompañados o solos, mezclándose con hombres y mujeres que vendrían un poco después en su primer paseo matutino, mientras iban llegando las barcas cargadas de frutas, verduras y flores procedentes de las numerosas islas que rodean la ciudad. Pasó un rato mirando ese momento que unía la noche con el día, hasta que se levantó y buscó un gondolero.

Retrato de Vivaldi: un cuento. 1er movimiento: el retrato.

- Vivaldi, podéis hablar si queréis.

- De acuerdo. De qué hablamos.

- Habladme de música.

- No se me ocurre gran cosa que decir. En cierto sentido cubre una necesidad. Lo más importante es la melodía. Pienso en ellas constantemente, pero no sabría explicar cómo ni de dónde surgen. No hay una fórmula para escribir música: lo mejor surge de manera sorprendente incluso para uno mismo. Ahora bien, aprendí música con el violín de mi padre y soy violinista, y para encontrar las notas tengo que ir moviendo el brazo rítmicamente, a veces lo alargo un poco más, a veces un poco menos, y ahí creo que tengo mi principal fuerza: domino el ritmo y juego con él. ¿Y qué es el ritmo?

- Una repetición.

- Exacto: es el pulso que mantiene viva la música.

- ¿Cómo os está yendo en el San Angelo?

- Realmente bien. Además, me gusta especialmente esta ópera. ¿Gustará a la gente? No lo sé.

- ¿Y la señorita Girò?

- ¿Qué pasa con ella?

- ¿Cómo lleva su papel?

Vivaldi miró al pintor, que en ese momento prestaba completa atención a un detalle en el lienzo, para buscar enseguida una mezcla en la paleta.

- Ha trabajado mucho para el estreno y lo hará estupendamente. Tiene un gran sentido para lo dramático y es una excelente cantante.

- Se acabó por hoy. No más de hora y media por sesión. Mañana lo termino.

Vivaldi se levanta, va al otro lado del caballete y mira el cuadro.

- Se ve un poco de pelo debajo de la peluca, sin embargo estoy seguro de que no ha asomado ningún mechón en ningún momento... Cuando lo terminemos necesitaré copias de dibujos en tinta. ¿Por qué es tanto más caro un cuadro que un concierto?

- Para escribir un concierto a vos os basta con lo que tenéis a mano en este mismo cuadro: papel, pluma y tinta. Yo necesito una tela y unos colores que son bastante más caros, empezando por ese rojo. Consideremos también que he empleado cuatro sesiones de hora y media, seis horas en total con sus respectivas y obligadas pausas, para terminar el retrato; vos sois capaz de escribir un concierto en poco más de lo que se tarda en transcribirlo. Y por último, los ingresos por la venta de un concierto proporcionan a su vez otros ingresos cada vez que se ejecuta en público.

- De eso no veo nada normalmente.

- Vivaldi, sois un empresario exitoso.

- Escuchad. Es cierto que un cuadro es un objeto físico, que se cuelga en una pared para que pueda verse a lo largo del tiempo, después incluso de la muerte de quien lo pintara, o de quien posara para él o lo haya comprado. Ahora bien, ¿dónde hay que localizar la música, de manera que podamos ir allí y señalarla con el dedo? No desde luego en el pentagrama en el que se ha escrito: no son más que manchitas cuidadosamente ordenadas, instrucciones dadas para que el músico la ejecute, y lo que ejecuta y oímos en el periodo de tiempo que dure es un sonido inmaterial que una vez terminado desaparece en el aire. Todo el mundo me considera un materialista, aunque ésa no sea una buena palabra; y sin embargo, vedme en la contradicción de tener que dedicarme a algo tan inmaterial.

Vivaldi continuó con su exposición:

- ¿Cuál es el principio de nuestra sociedad? Las deudas, gente encadenada a gente con los eslabones del dinero.

- ¿Y qué es el dinero?

- Exactamente, ¿qué es el dinero? Nuestra vara de medir el valor de las cosas, calibrada de una manera harto particular. Mi música es admirada y alabada en las principales cortes de Europa, soy el primer violinista de nuestro tiempo, incluso el mismo Papa me pidió que tocara para él. Estáis en presencia de uno de los mayores músicos que ha conocido Venecia, y no hay ni habrá música en este mundo como la de Venecia. Y sin embargo, yo… yo…

Vivaldi pierde por un momento el aire.

- ¿Estáis bien?

- Agua… Apartaros y dejadme espacio para respirar… Estoy bien.

- ¿Os preocupa algo?

- No, todo está en orden. Necesitaré los dibujos en tinta, tengo que enviarlos para los grabados de mis publicaciones en Londres, Amsterdam y Dresde.

La puerta de la sala se abre y entra una bonita muchacha de 17 años enmascarada, cubierta por una capa y una capucha. Cierra la puerta y ve al pintor, se baja la capucha, se quita la máscara y lo saluda.

- Pensé que el cuadro ya estaba terminado.

- Vivaldi, ¿y si hiciera un retrato de ella?

- Ahora mismo no es el mejor momento. Tengo una cita con el alemán del otro día, a ver si logro que me compre algunos conciertos.

El pintor recoge sus cosas y se despide hasta el día siguiente a la misma hora. Una vez fuera de escena, Vivaldi le pregunta a la muchacha:

- Mirad el retrato. No puedo evitar pensarlo: veo al rosso, pero no al prete.

- Pedidle que pinte un breviario, o una cruz, o algo parecido.

- La verdad es que gusta así. Anna, qué veis en este retrato.

- Creo que os ha captado perfectamente.

- Me hace hablar para que me sienta cómodo y me asome tal como soy. Eso me incomoda y me gusta a un mismo tiempo... Y según parece, también os quiere “captar” a vos.

- Me habéis preguntado por lo que veo en el retrato. Os ha pintado hermoso porque sois hermoso, aferrado a la música igual que a ese mástil del violín, y anotando las notas en la partitura para mostrar lo que ocupa vuestra mente. Parecéis más joven de lo que sois, pero es que realmente dais esa impresión. Me gusta este prete rosso. ¿Vamos a ver al alemán? La góndola espera fuera.

Vivaldi se queda pensando, toma el violín, cierra los ojos y empieza a indagar en una melodía. Luego la transcribe en un pentagrama.

- Será un segundo. Odio olvidarme de las ideas. Sé que luego vuelven, pero a destiempo. Ya está. Ahora dadme unos minutos para cambiarme.

Anna mira el desorden de su mesa de trabajo, se acerca y toca algunas partituras mientras les echa un vistazo por encima. Llaman a la puerta.

- ¡Maestro! ¡Llaman!

-¡Id a ver qué quieren!

Cuando sale ya vestido, ve a Anna con una nota en la mano y un tipo descargando en el salón varias cajas de vino. Vivaldi lee la nota y pone entonces cara de decepción.

- El alemán no puede vernos hoy y lo deja para la semana que viene. Me envía para disculparse estas botellas de vino.

Las mira tratando de comprender su significado, y luego vuelve a leer la nota una vez más.

- Da igual que la lea cien veces, siempre dirá lo mismo. No será nada, la semana que viene le venderé los conciertos. Qué hacemos ahora.

- Haremos lo siguiente: vamos a la cocina y hago la cena mientras discutimos mi parte en la ópera, y cenamos tal como nos hemos vestido para la ocasión con este vino.

- Me parece bien. Nos beberemos el vino a la salud del alemán. Avisad por favor al gondolero de que vuelva a media noche.

- Sí, maestro.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Cataluña y el Estado de las autonomías.

Ningún partido ni nadie en este país tiene, según parece, nada que ver con los últimos acontecimientos en Cataluña, excepto los 4 lunáticos que han montado el espectáculo del Procès. En España todo es normal y todo está controlado, y la única anomalía procede de unos cuantos catalanes revoltosos que sienten cada vez más rechazo por lo que hace tiempo estamos viviendo en España, y se imaginan lo bonito que sería vincularse directamente en Europa como una nueva región en forma de república. Sin embargo estos soñadores deberían revisar mejor su ideal: todos sabemos que una Cataluña independiente sería viable económicamente, y operativa como sociedad; pero también que por razones obvias nunca lo van a permitir: la región es demasiado valiosa para España como para dejarla escapar. Si por un lado hay que aplaudir a estos independentistas su persistencia en agitar el conformismo y la pseudonormalidad española, por el otro no podemos dejar de sentirnos incómodos al verlos desgastarse tanto para no lograr nada al final fuera de la legalidad.

Los independentistas no son mayoría en Cataluña, eso desautoriza por principio cualquier declaración unilateral de independencia. 6 años atrás rondaban el 10%, y hace un par de años se habían convertido sorprendentemente en casi la mitad de los votantes. Pero si hiciésemos un referéndum, todo parece indicar que saldría que no a la independencia. Aunque la mayoría de gente no vea nada claro lo de los 16 mil millones que salen de la recaudación en Cataluña para financia un estado de las autonomías defectuoso, con demasiadas regiones y descompensadas, y que sólo existe por el interés de que sigan manteniendo sus cargos y su chiringuito autonómico los partidos que las controlan, básicamente pp y psoe. A excepción de las 2 regiones más distintas de todas a las demás: vascos y catalanes, allí esos 2 partidos pintan poco.

Ahora bien, si los catalanes fuésemos independientes, yendo bien la cosa, apenas nada cambiaría respecto de nuestras vidas de ahora: sería como ahora, pero con un par de mejoras de fondo. Entonces, ¿por qué ese desesperado anhelo de independencia? ¿Y por qué la reacción de las fuerzas contrarias es tan virulenta? En un contexto tan emocional e irracional, con un gobierno que no tiene otra ideario que imponerse a los demás con sus ideas simplonas, hay que repensarse las cosas.

Es verdad que el independentismo no pasará de un 40%. También lo es que en las últimas generales de España el pp y c’s sacaron juntos un un 30%. Menos votos, en cualquier caso, que los que sumaron las abstenciones, votos en blanco y nulos: un 35%. En realidad, el gobierno español que tenemos no se fundamenta en una sólida base democrática sino en el pasotismo del votante medio español, que o bien le da palo ir a votar en domingo, o bien le da lo mismo unos que otros, porque o bien no espera nada en particular, o nada en general, etc.

Quienes están dirigiendo el Procès deberían por lo tanto tomar la iniciativa y revisar su base social, su estrategia y sus objetivos. Si sabemos que ahora mismo no es posible una independencia, que a lo mejor tampoco es estrictamente necesaria, ¿por qué no redefinir la postura y hacerse con una base social del 75%, al menos, que incluya a todos los que no están contentos con la relación de Cataluña con España? El argumento sería incontestable: lo que ha pasado en Cataluña es un fracaso del sistema autonómico actual, y por lo tanto un fallo de la organización territorial de España. Es lo que deberían atacar utilizando los 16 mil millones como argumento.

viernes, 20 de octubre de 2017

Il prete rosso.

Antonio Lucio Vivaldi nació el 4 de marzo de 1678 en Venecia. Aprendió a tocar el violín a edad temprana con su padre, violinista profesional, quien le debió guiar seguramente en sus estudios musicales mientras paralelamente iba completando los del sacerdocio. En marzo de 1703 se ordenó sacerdote a los 25 años, y seis meses después se convirtió en maestro de violín en el orfanato llamado Ospedalle della Pietà de Venecia.

Algún tipo de afección pulmonar o respiratoria, posiblemente asma, le impidió dedicarse, según comentó él mismo, al sacerdocio: se quedaba sin aire dando misa, así como cuando caminaba un trecho, de manera que solía desplazarse en carruaje o en una góndola, para no fatigarse en exceso por las callejuelas, puentes y el montón de escalones que tiene la ciudad de los canales.


Cuatro orfanatos públicos acogían en Venecia a los numerosos huérfanos victimas de lo que podríamos llamar los estragos de la vida, sin familia cercana o con familiares que no podían hacerse cargo de ellos: el de la Pietà, el de los Mendicanti, el Ospedalleto y el de los Incurabili. Acogían principalmente niños de edad entre 6 y 10 años, que recibían una educación y aprendían un oficio para salir enseguida como aprendices. Las niñas aprendían labores consideradas como femeninas, y si mostraban un talento al respecto, pasaban a dedicarse a la música. El Ospedalle della Pietà, fundado en 1346 y en actividad hasta 1797,  tenía una orquesta y coro exclusivamente femenino de renombre tanto en Venecia como fuera de ella. Estas muchachas dedicadas a la música llevaban una vida retirada, y a partir de una cierta edad podían optar por un matrimonio, para el cual el orfanato aportaba una dote; o seguir con la música o irse a un convento. La mayoría de composiciones de Vivaldi, sacras y profanas, se hicieron a medida de esas muchachas, que eran conocidas y admiradas en una Venecia en la que la música parecía ser el alma de la ciudad.


“No me falta música. Casi no hay noche en la que no se dé algún concierto privado en alguna parte; la gente va corriendo al canal a escucharla como si fuese por primera vez. La locura de Venecia por este arte es inconcebible.”, escribe el viajero francés de Brosses durante su estancia en 1739. Y continúa hablando de las muchachas de los orfanatos, en particular de las de la Pietà:

“Cantan como los ángeles, y tocan el violín, la flauta, el órgano, el oboe, el violonchelo, el fagot: en una palabra, no hay instrumento, por grande que sea, que les asuste. Viven en clausura como religiosas. Ellas son las únicas intérpretes, y cada concierto se compone de unas cuarenta muchachas. Os juro que no hay nada más agradable de ver que una joven y bonita religiosa en hábito blanco, con un ramito de granadas en la oreja, dirigir la orquesta y marcar el compás con toda la gracia y precisión imaginables.”

En 1743 Rousseau trabajaba en la embajada francesa de Venecia, y no dejaba de asistir nunca a los orfanatos a escuchar música. Él, amante de la música, dijo lo siguiente:

“A mi modo de ver hay una música muy superior a la de las óperas y que no tiene parecido en Italia ni en el resto del mundo, y es la de las scuole.”

Es decir, los orfanatos. Y a continuación nos muestra el resultado de idealizar demasiado las cosas de esta vida:

“La iglesia se llenaba siempre de aficionados, y hasta los mismos actores de la ópera iban a estudiar el verdadero gusto en el canto de esos excelentes modelos. Lo que me desconsolaba eran aquellas malditas rejas que, dejando sólo paso a los sonidos, me ocultaban los bellos ángeles que tales voces tenían. Yo no hablaba de otra cosa. Un día, conversando de ello en casa de Le Blond, éste me dijo: "Si tenéis curiosidad por conocer a esas niñas, será fácil satisfaceros. Yo soy uno de los administradores de la casa y quiero que podáis merendar en su compañía". No le dejé en paz hasta que cumplió su palabra. Al entrar en el salón que encerraba esas codiciadas bellezas sentí́ una emoción amorosa que jamás había experimentado. El señor Le Blond me presentó, una tras otra, todas aquellas cantatrices célebres, de quienes no conocía más que la voz y el nombre. "Venid, Sofía...". Era horrible. "Venid, Cattína..." Era tuerta. "Venid, Batti....." Estaba desfigurada por la viruela. Apenas había una que no tuviese un defecto notable. El malvado se reía de mi cruel sorpresa. Sin embargo, hubo dos o tres que no me parecieron del todo feas: mas no cantaban sino en los coros. Yo estaba desconsolado.”

La vida en aquella Venecia que iba saliendo del barroco del XVII, para adentrarse en el nuevo siglo que la vería desaparecer como república tras las guerras napoleónicas, era complicada y contradictoria. Si por un lado era socialmente muy estricta y ordenada, y no toleraba desviaciones al respecto, por el otro daba expresión a su sentido de la diversión con un carnaval que duraba 6 meses. Y si por un lado exhibía la opulencia y el lujo de sus fiestas, conocidas en toda Europa y motivo turístico ya por entonces de numerosos viajeros, por el otro carecía como contrapartida de una base económica sólida para tanto adorno, como si se hubiese vuelto hacia lo superficial aislada en una especie de irrealidad.


En su primer día de carnaval en 1730, el viajero alemán barón de Pöllnitz se fue a pasear por la ciudad disfrazado de Domino. En la plaza San Marco se le acercaron dos mujeres enmascaradas. Una le estiró de la manga y le dijo: “Señor, yo y esta señora junto a mí, mi amiga, nos imaginamos por su porte más bien alto que no sois un hombre de aquí, sino un extranjero, y nos parece también que no sois una persona vulgar. Nos encantaría compartir una conversación y será un placer dar una vuelta por la plaza”. Se presentaron como la signora M y la esposa del signor C, y el alemán se quitó la máscara para presentarse, según cuenta en su carta.

De Brosses dijo respecto de las religiosas que había podido ver en Venecia:

“Todas las que he visto en misa, a través de la reja, charlando durante toda la ceremonia y riendo juntas, me han parecido bonitas en grado sumo y ataviadas como para hacer valer su belleza. Llevan un pequeño tocado encantador, un hábito sencillo, con naturalidad, casi siempre blanco, que les descubre los hombros y el escote, como los vestidos a la romana de nuestras actrices.”

Éste es el contexto de las aventuras que Casanova nos cuenta en sus memorias hasta su detención, posterior fuga de la cárcel y huida de Venecia. En 1753 recibe una misteriosa invitación anónima en nombre de una monja de unos 22 años, que desea conocerlo:

"Nombre una noche, la hora, el lugar de la cita y la verá salir de una góndola. Solamente tenga cuidado de estar ahí solo, enmascarado y con un linterna."

En la vida de los hombres y mujeres de Venecia se daba una combinación entre la relajación de unas costumbres por las que se asomaba a veces un cierto libertinaje, y el férreo control de la religión haciendo de camisa de fuerza, en una especie de estado policial paranoico y represivo. El caso es que para Carnaval la ciudad se convertía en una formidable mascarada con sus noches de fiesta y juego.

En 1715 el arquitecto alemán von Uffenbach describió el virtuosismo de Vivaldi ejecutando el violín: “Vivaldi interpretó un acompañamiento en solitario de manera excelente, y en la conclusión añadió una fantasía improvisada que me sorprendió absolutamente, porque es casi imposible que alguien haya tocado alguna vez, o pueda tocar, de esa manera”.

Vivaldi había publicado en 1711 en Amsterdam su primer ciclo de conciertos, “L’Estro Armonico”. La riqueza de ritmos, el sonido vibrante y su facilidad para las melodías, así como la relación que mantienen el instrumento protagonista y la orquesta, daban una profundidad a la música que impresionó a Bach, quien decidió transcribir algunas partes para teclado y órgano.


En 1714 publica un segundo ciclo de conciertos muy inspirado, La Stravaganza.


La fama de sus conciertos, que agrupaba normalmente alrededor de un concepto e incluso refiriéndose a un tema figurativo (“el verano”, “la noche”, “la caza”, "la tempestad del mar", etc.) , se extendió por Europa. “Il Cimento dell’armonia e dell’invenzione”, con sus cuatro estaciones, lo publicó de nuevo en Amsterdam en 1725. El conjunto de conciertos denominados “La cetra” en 1727. El conjunto de 6 conciertos para flauta opus 10, en 1728. Los 2 últimos lotes de conciertos opus 11 y opus 12, en 1729. Entonces llegó a la conclusión de que no publicaría más, puesto que cualquiera podía copiarlos, como de hecho sucedía; así que pasó a vender directamente sus originales manuscritos que su familia ayudaba a transcribir.


A los 35 años estrenaba en 1713 su primera ópera, “Ottone in Villa”, en Vicenza. Un año después pudo estrenar en la misma Venecia “Orlando finto pazzo”, en el teatro San Angelo. La ópera tenía un importante protagonismo en la música de Venecia, y representaba una oportunidad para triunfar tanto como compositor como económicamente; sin embargo tendría que ejercer también de empresario, con el riesgo financiero que ello conllevaba. Y la competencia en el mercado operístico era tremenda. Vivaldi tuvo que trabajar en teatros secundarios, y salir de viaje muchas veces fuera de Venecia buscando teatros e ingresos, encontrándose por el camino con multitud de dificultades.

Goldoni nos relata en sus memorias el encuentro que tuvo de joven con el cura pelirrojo en las fechas previas al estreno de Griselda en 1735. Vivaldi estaba nervioso, era su primera oportunidad de representar una ópera seria en uno de los teatros más prestigiosos de Venecia, el de San Samuele. Goldoni se iba a encargar de unas modificaciones de última hora en el libreto. Cuando llegó a la casa de Vivaldi, lo encontró rodeado de su música con el breviario en sus manos. Éste se puso en pie, se santiguó, dejó el breviario a un lado y entró en materia mientras se volvía a santiguar: la señorita Girò, que iba a representar a la paciente Griselda, necesitaba un aria expresiva y llena de agitación, a ser posible interrumpiendo las palabras para suspirar, o con un poco de acción, en fin, algo más teatral. Mientras le explicaba todo esto a Goldoni, se interrumpía encomendándose a Dios en latín. Goldoni continúa:

“Burlándose de mí, el abate me tendió el drama, me proporcionó papel y un escritorio, volvió a coger su breviario, y recitó sus salmos y sus himnos dando un paseo. Releí la escena que ya conocía; recapitulé lo que deseaba el músico y, en menos de un cuarto de hora, anoté en el papel un aria de ocho versos dividida en dos partes; llamé a mi eclesiástico y le mostré mi trabajo. Vivaldi lo leyó, desfrunció el ceño, volvió a leerlo, dio gritos de alegría, arrojó su oficio al suelo y llamó a la señorita Girò. Ella acudió. “¡Ah! –le dijo-, he aquí un hombre excepcional, un poeta excelente: lea este aria, la hizo este señor de aquí, sin moverse, en menos de un cuarto de hora”; y, volviéndose hacia mí: “¡Ah! Señor, le pido disculpas”; y me abrazó, y aseguró que nunca habría otro poeta como yo. Me entregó el drama y me ordenó otros cambios; siempre contento de mí, la ópera salió de maravilla”.


Goldoni dice de Vivaldi que era “un excelente violinista y compositor mediocre”. Quizás hoy, desde la perspectiva que nos ha dado el tiempo que ha pasado, su música suene mejor que entonces, y estemos en situación de comprender también mejor su dimensión como compositor que en aquel momento, cuando era considerado principalmente como un gran violinista en Venecia. Un viajero inglés escribió en su cuaderno en 1721:

"Es muy frecuente allí ver a sacerdotes en la orquesta. El célebre Vivaldi, al que llaman el "prete rosso", muy conocido entre nosotros por sus conciertos, los superaba a todos".

Vivaldi tenía sentido para lo dramático y se esmeró en la música de Griselda, que es espectacular. Si de algo peca la ópera, tal vez sea de haber querido impresionar demasiado al público. También hay que decir que aunque la Girò tenía más arias que los demás, y por lo tanto más protagonismo, lo cierto es que sus arias no eran las más llamativas.


Goldoni se otorgó en su relato un protagonismo a sí mismo que excedía en importancia a su verdadera contribución en todo aquello. Y la caricatura que hace de Vivaldi, representando teatralmente su papel de cura piadoso, tampoco nos da una pista de lo que podría ocultar detrás de la máscara.

Tampoco disponemos de buenos retratos: es posible que posara para el grabado de Morellon de la Cave, que acompañaba la publicación en Amsterdam de Il cimento dell'armonia e dell'inventione en 1725, o tal vez no y se trate de copia de algún otro retrato; sin embargo es prácticamente seguro que posó para la caricatura que le hizo Ghezzin en 1723. En ambos casos parece un tipo con chispa, con tendencia a sonreír y de mirada inteligente.


El retrato anónimo de Bolonia no tiene mención alguna sobre él, pero una serie de circunstancias nos invita a imaginar que podría tratarse de Vivaldi: el violín en una mano y la pluma de compositor en la otra, un aire de semejanza con el grabado de Amsterdam, la peluca que parece ocultar en los tres casos su cabello pelirrojo, y que dicho sea de paso no es incompatible con la blancura de la piel del retratado. Según Goldoni era más conocido por su mote, "il prete rosso", tal como anota Ghezzin en su leyenda, que por su nombre real; por lo que es posible que la vestimenta tan roja en el cuadro sea en honor a su mote: incluso donde termina la frente en su parte más alta y empieza la peluca, parece asomar un poco de pelo. En cuanto a la nariz, tal como está pintada, coincide en su estructura con la que vemos de perfil en la caricatura; también hay semejanza con la marca del pómulo que lo separa de la base de la nariz, la forma y altura de la frente, la barbilla, donde se adivina un hoyuelo, y el labio superior con una expresión similar; incluso la mirada es parecida.


Y un detalle común en los tres retratos: en ninguno parece un cura y su indumentaria es completamente secular. De manera que si consideramos además que el óleo sobre tela corresponde a aquella precisa época y lugar, y que alguien, no sé quién ni en qué momento, dijo que podría ser él, no nos costará nada admitirlo como una imagen perfectamente asociable a Vivaldi.


La música es la expresión de emociones represadas, y cualquiera puede ver que Vivaldi tenía un montón. Es a través de ella que podemos percibirlo: en la alegría desbordante o la dramática tensión de sus allegros; en la serenidad, delicadeza e incluso melancolía que escuchamos en sus largos; en el patetismo de sus adagios; en la energía controlada que demuestra en sus andantes; en su dominio total del ritmo, desde lo más animado hasta lo más pausado, que está directamente relacionado con su condición de violinista, moviendo rítmicamente el brazo en busca de las notas; en sus melodías que le salían con total naturalidad; o en el sonido vibrante y eléctrico de las secciones de cuerda y de viento que crea su atmósfera tan personal, o en la impresionante inventiva y energía creativa en general de su música. Quizás fuese en ocasiones hipócrita, tal vez evitara a veces la sinceridad; seguramente representaba un papel, o varios, en el teatro de este mundo; probablemente tuvo que mentir, como lo hace cualquiera, para poder sortear situaciones complicadas; pero en donde no cabía ningún tipo de falsedad ni disimulo era en su música, absolutamente auténtica y que manaba directamente de su sensibilidad, y que discurría gracias a su genialidad para darle forma en aquella Venecia del barroco que más o menos venimos retratando.


Goldoni dedicó también unas palabras para Anna Girò, que curiosamente estaba en ese momento en casa del compositor: Vivaldi hace como propia la preocupación y los deseos de su prima donna, y muestra de esa manera que ejercía realmente algún tipo de influencia en él, por qué no decirlo, como mujer. Ella había nacido hacia 1710 y aprendido música de niña con Vivaldi, hasta que pasó a formar parte de su vida tanto profesionalmente como en lo personal: ella, su hermanastra y su madre ayudaban a un Vivaldi precario de salud y le acompañaban en los viajes. Con 14 años debuta con éxito como cantante en una ópera de Albinoni.  A los 16 participa ya en las óperas de Vivaldi, para la que escribe música a su medida. Y así siguieron juntos hasta 1740. Según Goldoni, Anna no era particularmente guapa, pero sí tenía su gracia: era de bonita figura, sus ojos y su pelo eran hermosos, y sus labios encantadores; y aunque no tenía una gran voz, sabía usarla dramáticamente y era una buena actriz.

Vivaldi se había ido alejando del sacerdocio para dedicarse a su música, primero con el orfanato y luego con sus óperas. Puede decirse que Anna Girò formaba parte de sus óperas, lo mismo que de sus viajes y de su vida. Hasta qué punto intimaron, es una duda que debió molestar particularmente a la alta moralidad del cardenal Tommaso Ruffo, que un buen día prohibió a Vivaldi su entrada en Ferrara por conducta inapropiada de un eclesiástico, en uno de sus viajes para preparar la representación de una ópera.

El 16 de noviembre de 1737, Vivaldi escribe a su protector el marqués Bentivoglio en los siguientes términos:

“Lo que más me preocupa es la mancha que su Eminencia, el cardenal Ruffo, ha vertido sobre estas pobres mujeres, por algo que se debería probar.”

Y continúa:

“Hace veinticinco años que no digo misa, y ya nunca la diré, no por orden o prohibición como Vuestra Eminencia podrá informarse, sino por mi propia decisión, y ello por causa de un mal que padezco de nacimiento y que me atormenta.

Apenas ordenado sacerdote, dije misa durante un año o poco más, y luego abandoné tras haber tenido que dejar el altar tres veces sin terminarla a causa del ese mismo mal. Por esa razón, vivo casi sin salir de casa, y sólo salgo de ella en góndola o en carroza, porque el mal, o la estrechez del pecho me impide caminar.

Ningún caballero me invita a su casa, ni siquiera nuestro príncipe porque todos están informados de mi condición. Normalmente, puedo salir nada más comer, pero nunca a pie. Ése es el motivo por el que no celebro misa. Fui a Roma para la ópera, tres carnavales seguidos, y como Vuestra Excelencia sabe, nunca solicité la misa, aunque toqué en el teatro y es bien sabido que Su Santidad misma quiso oírme tocar y me dedicó mil elogios. Fui invitado a Viena y nunca dije misa. En Mantua estuve tres años al servicio del muy piadoso príncipe de Darstadt junto con las mencionadas damas, que siempre fueron muy honradas por Su Augusta Majestad con la mayor amabilidad, y nunca dije Misa. Mis viajes siempre fueron muy caros, porque siempre llevé conmigo cuatro o cinco personas para ayudarme.

Todo lo bueno que puedo hacer, lo hago en mi propia casa y en mi mesa de trabajo. Por consiguiente, tengo el honor de mantener correspondencia con nueve príncipes y mis cartas viajan por toda Europa. He escrito al Signor Mazzucchi que no puedo ir a Ferrara si no me permite quedarme en su casa. En resumen, todo esto es consecuencia de mi enfermedad, y las señoras mencionadas me son muy útiles por conocer muy bien mi dolencia.

Estas verdades son conocidas en la mayor parte de Europa. Apelo por lo tanto a la bondad de Su Excelencia para informar amablemente a Su Eminencia el Cardenal Ruffo, ya que el fracaso en esa empresa sería mi ruina total.”

Una semana después escribe de nuevo al marqués de Ventivoglio:

“En casa, no vivo con las Girò. Las malas lenguas pueden decir lo que quieran, pero Vuestra Excelencia sabe que en Venecia una es mi casa, que me cuesta 200 ducados, y otra, lejos de la mía, es la de las Girò.”

Su constante preocupación por el dinero resulta perfectamente comprensible como músico, profesión económicamente vulnerable. De Brosses dice en su carta: “Vivaldi se hizo amigo íntimo mío para venderme conciertos harto caros. En parte se salió con la suya, y yo también en lo que yo deseaba, que era oírle y disfrutar a menudo de buenas recreaciones musicales: es un viejo con una furia compositiva prodigiosa. Le oí comprometerse a componer un concierto, con todas sus partes, en menos tiempo del que un copista tardaría en copiarlo. He descubierto, con gran asombro, que no es tan estimado como se merece en este país, donde todo está y pasa de moda.”

Fuese porque había perdido el favor del público, o el de sus protectores; o por las dificultades financieras en las que se vio envuelto en su aventura operística; o por el incidente que le había creado el Cardenal Ruffo; o por cualquier otro tipo de problema con el que se pudiese topar, el caso es que en septiembre de 1740 decidió irse de Venecia para dirigirse a Viena, pasando de camino por Graz, donde estaba actuando Anna Girò. Es de suponer que en el viaje iría acompañado, quizás esta vez por su propia familia. Si había depositado esperanzas en lograr algún cargo musical en Viena bajo la protección del emperador Carlos VI, tuvo que desengañarse pronto al enterarse de su muerte el 20 de octubre, con la clausura obligada de todos los teatros durante un año en señal de duelo. No consiguió encontrar su lugar en la ciudad imperial, ni tampoco una conexión con otras ciudades como Dresde o Praga, donde había cosechado éxitos. Probablemente estuviese considerando volverse a Venecia. Un mes antes de su muerte vende unos conciertos a un particular. Y el 28 de Julio de 1741, muere por algún tipo de infección, y es sepultado con toda modestia el mismo día.

En septiembre aparece un epitafio en las Commemoriali Gradenigo, una especie de revista informativa acerca de las instituciones y personalidades venecianas, haciéndose eco de su muerte: “En un tiempo, había ganado más de 50.000 ducados; pero su prodigalidad desordenada lo hizo morir pobre en Viena”. Empezaba el olvido de Vivaldi en este mundo.



Epílogo:

En 1926 el rector del colegio salesiano San Carlo, en el pueblo de Borgo San Martino, región del Piamonte, decidió que había llegado el momento de reparar los desperfectos que el edificio había ido acumulando a lo largo del tiempo, y para financiar la obra pensó en sacar a la venta el montón de libros y manuscritos viejos y polvorientos de música que guardaban descuidadamente en la biblioteca del colegio. Llamó entonces al director de la Biblioteca Nacional Universitaria de Turín, Luigi Torri, para que tasara la colección, y éste le pidió opinión a Alberto Gentili, profesor de historia de la música en la universidad.

Gentili descubrió 14 partituras de Vivaldi, un compositor relativamente conocido, o poco conocido, en aquel momento. No queriendo que su hallazgo se dispersara entre diversos anticuarios, ni deseoso de que pasara a manos del Estado italiano, creyó que su destino debería ser la Biblioteca de Turín, que en aquel momento carecía del dinero necesario para adquirirlo.

Gentili se las ingenió para conseguir donaciones privadas con las que financió la compra de ese lote de documentos en 1927, que fue entregado a la Biblioteca. Examinando aquellos manuscritos, Gentili se dio entonces cuenta de que debería haber un segundo lote en alguna parte, y empezó a rastrearlo. Los libros y manuscritos de los salesianos había sido legados por Marcello Durazzo, perteneciente a una antigua y noble familia genovesa. Un par de años después consiguieron identificar al propietario del segundo lote y descubrieron 13 nuevas obras. Todo parecía indicar que la familia de Vivaldi había vendido el montón de partituras  después de su muerte como un sólo lote, y en algún momento la familia Durazzo se hizo con él.

Gentili gestionó de nuevo otra donación con la que financió la compra de la segunda parte, y lo entregó a la Biblioteca de Turín.

Sin embargo el descubrimiento no pudo salir a la luz hasta después de la guerra mundial: Gentili, que tenía los derechos reservados del estudio y publicación de la colección, era judío, y por lo tanto no podía acceder a ningún cargo académico según las leyes raciales del gobierno fascista de Mussolini. Gracias a esas donaciones consiguieron juntar 30 cantatas profanas, 42 piezas sacras, 20 óperas, 307 piezas instrumentales y el oratorio Judith Triunfante: en resumen, un total de 450 piezas que dieron una nueva dimensión a la extraordinaria música del cura pelirrojo.