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domingo, 18 de septiembre de 2016

Buscando a Giorgione 3: La tempestad de Giorgione.

En 1530 el cronista veneciano y coetáneo de Giorgione Marcantonio Michiel, tomó nota en su cuaderno de un pequeño paisaje sobre tela pintado por Zorzi de Castelfranco que había visto en la casa de Gabriele Vendramin, con “una tempestad, una gitana y un soldado”. Cuesta ver un soldado en la figura del hombre a la izquierda y no sé en qué se pudo basar para decir que la muchacha a la derecha es una gitana. La tempestad que vemos al fondo contrasta con la calma de la escena en primer plano: hay indicios de gotas de lluvia en la tierra y las plantas, como si la tormenta hubiese pasado de largo y quedara lo que vemos.


La Tempestad debe ser uno de los cuadros más comentados de todos los tiempos. Se le ha buscado toda clase de símbolos y significados con referencias mitológicas, bíblicas, biográficas e incluso esotéricas; pero ninguna interpretación resulta al final más convincente que la descripción que le dio Michiel cuando lo vio. Se trata en el fondo de un juego visual siguiendo la idea de Giorgione de sacar las cosas de su contexto para presentarlas en otro donde conectan misteriosamente y cobran un nuevo sentido.


Tenemos una tempestad al fondo sobre la ciudad de Padua. Las ventanas de los edificios están cerradas y es como si no hubiese nadie, todo parece vacío.


En los dos edificios más altos están pintados el león de San Marco y en otro el escudo de Padua, y sobre un tejado se ha posado lo que podría ser una cigüeña.


Las fachadas reciben una luz que se cuela entre los nubarrones en un momento de una óptica excepcional, mientras en el cielo encapotado brilla un relámpago en una atmósfera rara. Se puede sentir incluso el efecto del viento en el follaje de los árboles. 


Separado por un río con un agua que parece no discurrir hacia ninguna parte y unido por un puente, vamos a parar al lado izquierdo del cuadro, donde vemos unas ruinas sin identificar en las que se ubica el joven:


Delante de nosotros tenemos entre los arbustos y bajo un árbol una muchacha prácticamente desnuda mal cubierta por un paño, amamantando en una posición complicada a una criatura, como protegiéndola incluso de la mirada del espectador.


El joven, apoyado en esa especie de vara larga y demasiado bien vestido como para ser un pastor, parece mirar en dirección a la muchacha: es decir, ella nos mira a nosotros, nosotros al muchacho y éste a la muchacha, y detrás queda ese paisaje raro y en frente el espectador, que parece participar también en esa enigmática trama en la que el paisaje tiene un papel también protagonista.

En 1939 radiografiaron el cuadro para descubrir que las dos figuras fueron pintadas posteriormente al paisaje, y que donde queda el muchacho había debajo una bañista con los pies en el agua. La radiografía complicó todavía más las interpretaciones.


Giorgione ubica el afecto maternal de ella por la criatura y su desnudez en un paisaje que refleja un universo inhóspito, elaborado con colores fríos y compensado por los tierras que culminan con el rojo del muchacho que mira a distancia. Y todo parece estructurarse entre la distancia que se crea entre él y ella. ¿Por qué están tan separados? No lo sabemos, del mismo modo que tampoco sabemos qué hacen los dos ahí. Pero todo ese mundo con una ciudad vacía y el cielo tempestuoso detrás de ellos se nos muestra precisamente a través de esa separación remarcada por el agua del río de por medio.


¿Qué tenía en mente Giorgione cuando lo pintó? El cuadro fue un encargo de Gabriele Vendramin, quien seguramente le pidió que partiera de algún motivo específico y entonces Giorgione empezó a darle vueltas al asunto de manera desordenada: la ciudad de Padua vacía al fondo, con lo que ello pudiese significar, una cigüeña posando en lo alto de un edificio y el León de San Marco en una fachada; y al otro lado las ruinas de una construcción que ya no está ahí y donde ubica al muchacho, bien vestido de rojo pero posando como un pastor apoyado en su vara, mirando con una sonrisa a la madre sola y desnuda oculta entre los arbustos que amamanta a su criatura. La sitúa al otro lado, envuelta del follaje del paisaje y formando parte de la naturaleza como una imagen de fecundidad; quizás no sea más que una bañista, sin embargo no parece el momento más indicado para bañarse en el río con la tempestad al fondo y los relámpagos. Hay sin embargo una sensación de calma después de la tormenta; está presente indiscutiblemente un erotismo difícil de definir entre un hombre y una mujer, separados por algo que no sabemos; conecta las ruinas del pasado con el presente al que asistimos y el futuro con la criatura; todo integrado en el paisaje construido con su sucesión de fases en diagonal y contraponiendo lo lejano con lo cercano; dos mundos separados que une un puente endeble… De alguna manera fue proyectando esas cosas que llevaba dentro hasta transformar completamente el motivo original, trasladando las cosas fuera de su contexto para establecer una nueva relación. Un cuadro así no se puede calcular de antemano, sino que siguiendo su intuición y su oficio, y partiendo de algunos apuntes, fue descubriendo cosas, rectificando y avanzando, y una vez le pareció que estaba todo bien armado y que ya no podía ir más lejos, lo dio por terminado. Seguramente incluso le sorprendiese a sí mismo el resultado final.


Un último detalle: el rostro de la muchacha es el mismo que vemos en la Judith atribuido a su colega Vincenzo Catena. El llamado retrato de Laura, con la inscripción que menciona a Giorgione como autor y su colaboración con Catena, está fechado en 1506. Probablemente Giorgione pintara La Tempesta poco después.

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